Diario de León

León, al calor del magosto

El otoño vuelve a encender las hogueras en los pueblos y a llenar plazas, y colegios del aroma de las castañas asadas, una tradición que se extiendo del Bierzo al resto de la provincia

JESÚS F. SALVADORES

JESÚS F. SALVADORES

María Carnero

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Cuando llega el otoño y los primeros fríos empiezan a hacerse notar, León recupera uno de sus rituales más reconocibles. El fuego vuelve a encenderse, los tambores comienzan a girar y el olor de las castañas asadas se mezcla con el humo. Es tiempo de magosto, una celebración especialmente arraigada en El Bierzo que, con el paso de los años, ha ido extendiéndose por el resto de la provincia hasta convertirse también en una cita habitual en colegios, asociaciones y colectivos vecinales. Más allá de la castaña, el magosto es una forma de encontrarse, de compartir y de mantener una memoria colectiva que se resiste a desaparecer.

En los pueblos bercianos, la llegada de la temporada de castañas ha estado históricamente ligada a una celebración casi ritual. La recolección era la excusa para reunir a familias y vecinos alrededor de una hoguera, asar los frutos recién recogidos y prolongar la jornada entre conversaciones, canciones, música y baile. La fecha se situaba habitualmente entre finales de octubre y los primeros días de noviembre, en torno a Todos los Santos, aunque la tradición se alarga durante buena parte del otoño y encuentra otra referencia en San Martín, el 11 de noviembre. El magosto tiene raíces muy antiguas y forma parte de un conjunto de celebraciones de otoño extendidas por el noroeste de la Península, desde Galicia y León hasta Asturias y Portugal. Su origen suele relacionarse con antiguos rituales vinculados al final de las cosechas y la llegada del invierno. El fuego ocupaba un lugar central como elemento de reunión y protección, mientras las castañas constituían uno de los alimentos fundamentales de la temporada. Con el paso del tiempo, la tradición se incorporó también al calendario cristiano y quedó asociada a Todos los Santos y San Martín. En El Bierzo, esta costumbre adquirió una personalidad propia. La castaña y el vino nuevo forman una pareja inseparable en muchas celebraciones. Tras la vendimia, el primer vino de la cosecha acompaña a los frutos asados, mientras la música y el baile completan una fiesta que durante generaciones sirvió también como descanso después de los trabajos agrícolas. No era únicamente una comida. Era un momento para hacer un alto, verse con los vecinos y reforzar los vínculos de la comunidad. Hasta la propia palabra encierra la sencillez de la celebración. En el vocabulario tradicional berciano, magosto define la operación de asar y comer castañas, mientras que otras definiciones lo presentan como una reunión al aire libre para compartirlas. Sea cual sea su origen etimológico, el significado que ha perdurado es mucho más reconocible: fuego, castañas y gente reunida alrededor. Y ese espíritu es precisamente el que ha permitido que la tradición traspase las fronteras bercianas. En numerosos puntos de León, el magosto se ha incorporado al calendario de otoño como una actividad de carácter popular y comunitario. Asociaciones culturales, juntas vecinales, ayuntamientos y colectivos recuperan o adaptan la celebración, mientras los colegios han encontrado en ella una manera sencilla de acercar a los más pequeños a una costumbre ligada al campo y a los productos de la tierra. En los centros educativos, el magosto adquiere además una dimensión especial. Las castañas sirven como punto de partida para conocer los árboles, los frutos del otoño, las labores tradicionales y la cultura de los pueblos. Pero, sobre todo, permiten recuperar una forma de celebrar en común que no necesita grandes artificios. Se prepara el fuego, se asan las castañas y niños, profesores y familias comparten una jornada diferente. La fiesta se convierte así en una experiencia de convivencia y en una pequeña lección de patrimonio inmaterial. Porque alrededor de un tambor de castañas se repiten gestos que apenas han cambiado. El fuego, el humo, el sonido de los frutos al asarse, las manos que se ennegrecen al pelarlos y ese primer bocado todavía caliente forman parte de una escenografía reconocible. También permanece la costumbre, más festiva en algunos lugares, de tiznarse la cara con el hollín, una pequeña travesura que convierte el magosto en una celebración especialmente atractiva para los niños. La tradición tiene además una estrecha relación con el paisaje berciano. Cuando llega el momento de recoger las castañas, muchas familias regresan a pequeños sotos que han pasado de una generación a otra. En algunos casos se trata de fincas heredadas y de árboles muy antiguos que forman parte de la historia familiar. Volver a ellos supone recuperar también recuerdos: aprender a recoger los erizos, apañar las castañas con la goxa y recorrer de nuevo unos caminos conocidos desde la infancia. La castaña no es, por tanto, un simple ingrediente de la fiesta. Es el fruto que explica buena parte de la celebración y uno de los productos que identifican al Bierzo. La comarca cuenta desde 2008 con la Marca de Garantía Castaña del Bierzo, un reconocimiento destinado a proteger su origen y calidad y a poner en valor una producción que continúa vinculada al territorio y a quienes mantienen los sotos. Mientras las familias disfrutan de los primeros frutos de la temporada, comienza también para el sector una campaña decisiva. La recogida manual da paso a la selección, transformación y comercialización de una producción que desde los sotos bercianos llega después a hogares y mercados. La fiesta sirve así para recordar que detrás de cada castaña asada existe también un paisaje, un trabajo y una actividad económica que forman parte de la identidad de la comarca. Pero quizá el mayor valor del magosto esté en aquello que no se puede medir. En una época en la que muchas costumbres han ido perdiendo espacio frente a nuevas formas de ocio, esta celebración continúa reuniendo a personas de distintas edades alrededor de algo tan sencillo como un fuego. Los mayores recuerdan cómo se hacía antes, los niños descubren una tradición que hasta entonces quizá solo conocían de oídas y los pueblos vuelven a compartir unas horas sin más propósito que estar juntos. Del Bierzo al resto de León, el magosto ha demostrado que una tradición no necesita permanecer idéntica para seguir viva. Puede cambiar el lugar, incorporar nuevas actividades o trasladarse a un colegio, una plaza o una asociación. Lo esencial permanece, unas castañas al fuego, el frío del otoño al otro lado de la hoguera y las ganas de compartir momentos inolvidables.

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