Los chopos se rasgan las vestiduras
León cambia de fondo de pantalla

Una chopera en ribera a punto de eclosionar al amarillo
A dónde va la hoja de los chopos desprendida es parte de una tesis colectiva que añade conclusiones cada otoño; a dónde va la hoja de los chopos descompuestos entre esos chubascos repentinos que se suceden hasta que el chopo queda desnudo, de cuerpo, con el alma al pairo de los elementos y los ojos del tiempo que han esperado medio año, cuando menos, para volver a cruzar a través de su espíritu hacia el horizonte. Es el momento adecuado, ahora, antes del airón de las castañas, para que el viajero se adentre en cualquiera de las quebradas de León a contemplar el lienzo de la hoja caduca, que palideció mientras el Sol comenzó a adelantar la hora de entrada en las agujas del poniente, y las noches luengas comenzaron a poner distancia con relente que sin mojar, cala, sin respirar, ahoga, sin dormir, desvela. Por esa curiosidad está el suelo plagado de poetas, a los pies de la alameda, algunos cubiertos por la misma hoja que trataron de adorar. El viajero tiene un motivo más liviano, atraído por ese brochazo pajizo, ese ámbar destellante que hace de puente de luces para la naturaleza de octubre, como si se tratara del auto de la policía en servicios especiales, del último adiós al ciclo que iba a despedirse. Pues será por chopos, exclama el lugareño cuando el forastero se sale de la ruta en busca de un saliente que le permita inmortalizar la foto con un ángulo insuperable. Aquí el camino, ahí la costana, allí abajo, las velas amarillas que va a soplar el sanmiguel. Porque los chopos siempre están abajo. Será por chopos en León. En las tierras que sienten el agua de la capa freática en los talones, a punto de la planta que entra como un abisinio en las colonias del subsuelo, y chupa doce, quince, veinte años la sustancia que alimenta un ecosistema de defensa que luego devuelve, después de los difuntos, hoja a hoja. Toma, tierra, para que te sacies, dirá el chopo, idealiza el viajero, a veces condicionado por la realidad mágica que contagia el fondo cocre el paisaje. Si hablaran los chopos, el lenguaje de los viajeros; porque los chopos hablan, en un parloteo que es cháchara mientras las hojas se muestran como panderetas mientras la brisa les revuelve y muestran el reverso, siempre tan intrigante como indagar en la otra cara de la Luna. Será por chopos en León, masculla el lugareño, como quien invita al viajero a elegir entre el muestrario de un catálogo infinito. A quitarse de en medio, a despejar el aire que hay entre aquellos soldados firmes de junto al río y la carretera que serpentea ribera abajo. Porque los chopos tienen a la línea recta, lo mismo si se analiza la postura en posición de firmes, como reclutas en el patio de armas en una instrucción que no tiene pinta de terminar, como si se mira la perspectiva que apunta al cielo. Ahora, con esa muda de ropaje, se aprecia mejor el sentido de las arboledas que podían comer en la mesa de los cipreses. A punto de mostrar el esqueleto, un chopo, una chopera, reivindica más que nunca el valor en el entorno, en el paisaje que entra por los ojos, los ojos que registran la memoria dle viajero, encantado a estas alturas de recorrido de ver lugares siameses y ninguno repetido. Chopos en secuencia, centinelas de su propia historia, ahora que se hizo popular la plantación con propósito industrial, mientras la doctrina oficial trata de medir el valor de este árbol como máquina de triturar anhídrido carbónico. La cosa es que la especie arbórea con más individuos en el reino vegetal leonés, en ese bosque uniforme que viste el verde legionario en primavera y se ofrece y palidece como vigía de garita para anunciar que el invierno va a ser otra vez inevitable, sufre el síndrome de la incomprensión del entorno. Bah, chopos, pudo despreciar saciado el viajero que cruzó esos parajes, mientras el perfil del horizonte se definía entre autopistas y carreteras, nacionales y secundarias, por el cinturón del maíz y el sky line de las copas de los chopos, entre los que destaca el plantón que llegó de los semilleros de la importación, la piel fina que ansiaban los maderistas, para arrinconar en las esquinas de los huertos en los alfoces de las pontonas de los cascos urbanos de los pueblos al chopo del país, que fue desde antes de los Romanos refugio de los mochuelos y palacio de verano para grajillas y cigüeñas que no cabían en la torre de la iglesia. Hasta que llega octubre, avanza el sanmiguel, y el chopo se destaca entre su especie como el primero en darse cuenta de lo que viene, con la savia en retreta a los sótanos del edificio. Que al final es el mapa meteorológico del año; amarillo, otoño; verde en mayo. Esquelético en enero. De las tres estaciones que representa, esta de los tonos después de la vendimia estimula como ninguna al viajero, que repara en los chopos a punto de rasgar las vestiduras cuando las heladas menean la madrugada tres noches seguidas. Es por el amarillo resplandeciente a la hora de la siesta. Si Van Gogh hubiera sabido del chopo en este tiempo, otro gallo le habría cantado al girasol. Hasta al que cabecea a la sombra.