Globalización
Puede parecer una paradoja, pero lo cierto es que la vida real supera con creces a la ficción, aunque eso no quita que también resulte a veces demasiado insulsa. Me explico. La propagación del coronavirus está poniendo los pelos de punta al mundo. Y no me extraña, porque esta nueva pandemia amenaza no sólo la salud del planeta entero, sino a nuestra forma de vida. Decenas de miles de afectados en casi una treintena de países y más de 1.300 muertos. Ciudades en cuarentena con millones de habitantes en su interior, evacuaciones de extranjeros, personas atrapadas en un avión, testimonios estremecedores... ¿No me digan que no parece más bien el guión de una película de las galaxias? Pero lo cierto es que forma parte de la realidad, esa que no deja de sorprendernos y que va a una velocidad que asusta porque el mundo nunca descansa. A mi me resulta imposible seguir todo lo que nos acontece. Ese extraño virus se sigue propagando y parece que no encuentra quien acabe con él. Es lo que tiene la globalización, que el mundo entero está conectado a todos los niveles, para lo bueno y para lo malo, aunque a mi me parece que tiene más de lo segundo que de lo primero. Ya no sólo el ‘made in China’ es global, ni el poliéster, ni los McDonalds, sino que también lo son los virus.
Las mismas conexiones globales que han hecho que tampoco la tecnología tenga fronteras y haya llegado a todos los rincones. Lo dijo hace unos días Dan Scanlon, el director de Onward , la nueva película de Pixar que cuenta la historia de unos niños sin padre y de un mundo mágico sin magia: «Demasiada tecnología hace la vida demasiado insulsa». Y claro que la tecnología no es mala, pero tener tantas cosas tan a mano, con tanta comodidad y a un solo golpe de click nos hace acomodarnos quizás demasiado, dejar de asumir riesgos y, tal vez, de equivocarnos. Y los errores, casi siempre, nos sirven para aprender, nos ayudan a avanzar, a ampliar nuestros conocimientos para intentar no volver a tropezarnos con la misma piedra. Al igual que el riesgo y que el caerse y volverse a levantar, la magia es lo que hace de la vida algo maravilloso y también único, con señas de identidad propias y sin necesidad de globalizarlo absolutamente todo.