Vivir al revés
Estamos tan acostumbrados a seguir a los demás que ir a contracorriente cuesta. Es lo de siempre, que hacer el pino cuando el resto pone los pies en el suelo se ve raro. Esto pasa, por ejemplo, con la escucha. En una sociedad hiperactiva, tecnológica, narcisista y con problemas de atención como la nuestra, escuchar se está volviendo una flor rara en serio peligro de extinción. Lo dice Heike Freire, periodista, escritora y experta en desarrollo infantil e innovación educativa. Aquí ya pocos escuchan porque cada uno va a lo suyo y hasta cuesta hacer el ejercicio de callarse cuando el otro habla a pesar de lo fácil que parece. Hagan la prueba para comprobarlo. Es una de nuestras curiosidades como sociedad, que tenemos la extraña habilidad de complicar lo sencillo. Nos vamos por las ramas, nos enredamos una y otra vez, tomamos el camino más largo y difícil hasta para hacer las cosas más cotidianas. Muchas veces es mejor y más productivo callar que hablar.
Y para hacerse escuchar hay que montar una gorda. Este domingo fue el Día Internacional de la Mujer y yo vi un predominante color morado que me gustó. Lo reconozco, la solidaridad me pone los pelos de punta porque no veo que abunde. Cuando una gran masa de gente se junta para exigir una causa justa casi hasta me emociono y siempre me recuerda cuánto más ganaríamos si remásemos todos en la misma dirección en lugar de ponernos zancadillas. Y hablo de llevarlo a cabo en todos los ámbitos, hasta en los que parecen más nimios.
Dice Freire, la mujer de la que acabo de hablar unas líneas más arriba, que cuando decidió dejar su carrera profesional en París para ser madre e irse a vivir a un pueblo de Extremadura mucha de su gente cercana no lo comprendió. Le recordaban, según ella misma relata, la importancia del dinero o del estatus. Pero siguió a lo suyo y la maternidad le supuso un completo vuelco a su existencia. «La experiencia de parir, amamantar, cuidar y pasar mucho tiempo con mi criatura fue poderosa: me devolvió a mi naturaleza animal». Ella dice que nuestras raíces son los hijos, porque «somos árboles al revés, que arraigan por sus frutos». Decidió escucharse por encima de las críticas, del ruido, y a pesar de que hizo lo que la minoría, lo que le pedía el cuerpo. Y la maternidad le dio la fuerza para ello. Para vivir al revés. Una bonita historia la de Freire.