Cosas que se hacen sentado
El estómago, ya lo hemos dicho, también escribe. El determinante influjo de la gastronomía en el humor de las personas es tal que muchas veces las opiniones del arriba firmante no son contradicciones sino nada más grados de satisfacción con el día y la hora, simples reflejos o reflujos proporcionales del eterno combate entre alimentos y jugos gástricos. El articulista contento, bien desayunado o pleiteando contra el sopor de un opíparo almuerzo, tiende a ser comprensivo con las siempre advenedizas resoluciones de los políticos; sin embargo, el columnista a dieta, pasándolas más canutas que Carpanta, puede resultar un ser ácido y acre hasta con las hermanitas de los pobres, sobre todo si piden para el hambre. No despotrica él sino el hueco vacío que hay dentro de él, que produce eco y reverbera contra las paredes del estómago, convirtiéndose en altavoz de un malhumor ajeno. De las acelgas con aceite y vinagre, mismamente, por poner un ejemplo de algo a lo que uno hasta ahora ha tenido la fortuna de jamás hincarle el diente. Pero lo sé, lo tengo casi por seguro, porque cuando la gente comenta que están muy buenas las acelgas y otras verduras siempre tuercen un poco los labios, como si estuvieran acordándose de la tierra que las parió.
El de escribir es un oficio que se practica sentado y, por lo tanto, propenso a todas las incomodidades. Porque, si se ha fijado, de pie alguien puede estar cansado, pero no incómodo. Nuestro diseño corporal es práctico para estar erguidos o tumbados. Todas las cosas que se practican sentado son por lo tanto un poco contra natura. La escritura sin asiento no es imposible, porque Hemingway la practicó y Pessoa redactó en una sola noche —pero el lisboeta nunca estaba solo— todo un libro de poemas apoyado sobre un atril casi en posición de firmes. También hay gentes que realizan malabares y cosas aún más extrañas. Por lo general, escribir, como comer, son ejercicios sedentes y adquisiciones de la civilización, igual que las sillas y la mesa, pero eso no quita cabreos ni malas digestiones sobrevenidas. Y aunque no vamos a comparar una columna con degustar un costrabazo de chivo, ambas son cosas que se hacen sentado y que afectan a la columna que tiene vértebras. Y al humor del que está entre esas costillas, haciendo acrobacias para no volver con la matraca del semialcalde y todas las cosas que da por sentadas.