Je suis prof
Han decapitado a un profesor por explicar a los alumnos que el ejercicio de la libertad no es un derecho sino una obligación. En esto fallamos. Nos quedamos con la parte fofa de la elección y perdemos de vista la mollar, la que de verdad nos convierte en dioses, la que nos separa de la sumisión. Han asesinado a un profesor que advirtió a los alumnos musulmanes que abandonaran la clase, que lo que estaba a punto de mostrar podría ofenderles, pero una de ellos se quedó, una decidió que lo verdaderamente importante no era el derecho a la educación, sino a la venganza. La fatua se expandió rápidamente, sin imanes ni clérigos que la firmaran, con la velocidad, el anonimato y la irresponsabilidad que aporta internet. No voy a decir lo que pienso del islamismo, de la obligación que tenemos de defender nuestra vida —es la libertad, al fin y al cabo, lo que separa la voluntad y la consciencia del yo mismo de la muerte que se esconde tras la umma de creyentes—, nuestra capacidad de ponerlo todo en duda, incluso a nosotros mismos, nuestra obligación de pensar con libertad y anarquía porque es ahí donde impera el verdadero Estado. Occidente es una contradicción porque es la configuración que nuestro pensamiento usa para desentrañar la realidad.
Ahora voy a hablar de las redes sociales, de Google, de Facebook, de Instagram, de TikTok, de Telegram, de Whatsapp, de todos y cada uno de los titanes que piensan y sienten y deciden por nosotros. En ellos recae la mayor parte de la culpa de lo que ha ocurrido porque debería haber controles para gestionar y silenciar los mensajes de odio.
Pero la pregunta es ¿por qué lo permitimos? ¿Por qué creemos que el odio que nos demuestra un refugiado es menor al que escupen los memos de Amancer Dorado? ¿Hay que sentir compasión por los que quieren acabar con nosotros? ¿Es que la culpa es tan fuerte como para pensar que merecemos que decapiten a nuestros hijos? Yo creo que no. Es hora de soltar la mano de Barrie y coger la de Hobbes.