Diario de León

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Dejamos atrás un año que a la postre está resultando casi tan nefasto como el anterior. La pandemia sigue cobrándose vidas y causando sufrimientos. Cuando, merced a la generalización de las vacunas, creíamos estar en condiciones de poder librarnos del azote del covid-19, su última variante, la ómicron, ha venido a trastocar nuestro optimismo recordando la fragilidad sobre la que se asentaba nuestra esperanza.

Las vacunas reducen la capacidad infecciosa de virus, pero no detienen su potencia invasiva. Aún así, y a la espera de que la ciencia pueda dar con otros medicamentos o una suma de ellos —como ocurre con el VIH— capaz de reducir el riesgo mortal que todavía aparejan los contagios, debemos seguir con las campañas de vacunación. Las estadísticas que registran los ingresos en los hospitales de infectados por el covid-19 —tanto en España como en el resto de los países de la UE— reflejan que más de la mitad de los que acaban en las ucis son enfermos que no estaban vacunados.

Este dato debería invitar a reflexionar a quienes niegan la necesidad de las vacunas y su eficacia para reducir los efectos de unos contagios que en ocasiones resultan letales. Es tarea penosa porque combatir la estupidez de quienes se niegan a vacunarse aduciendo peregrinas teorías de supuestos planes maléficos diseñados para controlar a toda la población mundial resulta cansado. ¿Por qué? Pues por una razón fácil de entender: la inteligencia, el sentido común, tienen poco qué hacer frente a la estupidez porque la inteligencia es limitada y la estupidez no tiene límites. Aún así habrá que insistir porque aunque se nieguen a escuchar e incluso salen a la calle a manifestarse contra las vacunas, lo cierto es que también ellos se juegan la vida porque el virus existe y sigue matando.

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