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Dudo sobre en cuántas ocasiones se nos ha vendido que se iban a abaratar las campañas electorales. O incluso a reducirlas. Mirando a la hemeroteca el asunto se parece a las olas del covid. No se sabe muy bien cómo vuelven, crecen y entran en ese retroceso que no conoce ni de diferencias entre territorios ni de medidas más o menos restrictivas.

Supuestamente, la campaña electoral para el 13-F no empieza hasta esta noche. Pero la tabarra ha sido más que permanente desde que llegó el divorcio de Fernández Mañueco con Igea. La sospecha de que el de Ciudadanos se podía pasear de la mano con alguien, sin necesitar la foto, fue suficiente motivo para que el jefe del PP anunciase la «interrupción de su relación matrimonial».

Lo cierto es que la única diferencia — al menos legal— entre lo vivido hasta hoy y lo que sufriremos las dos próximas semanas es que antes —parece evidente que no ha sido así— no podían pedirnos el voto. Una vez más, el espectáculo está siendo lamentable. Un ejercicio de pura demagogia y de remar contracorriente dando por bueno sin sonrojarse lo hecho por los gobiernos propios, lo que a todas luces contradice la realidad que perciben los ciudadanos. Ya no es cuestión de viejos partidos y de nuevos, el contagio de vicios es innegable, quizá porque en muchos casos hay demasiados personajes que sólo han cambiado de collar.

De lo bueno que puede traer este 13-F es la confirmación definitiva del adiós a los que llegaron de salvadores, y se desinflaron al probarse que sus bálsamos no eran más que un poco más de lo mismo pero diluído con populismo. A naranjas y morados parece que la sociedad ha optado por botarlos —sí, con b— y sólo podrían mantenerse con relevancia en el tablero los verdes de Vox, aunque probablemente tocando un techo que quizá se hace evidente a medida que también se les desajustan las costuras, y dejan de servir de parapeto eficaz a quienes les alientan desde la orilla opuesta. Quizá es aplicar lo de más vale lo más conocido...

La caída del Muro de Berlín, con las gigantescas dictaduras rusas y chinas amenazándolo todo complican las cosas en el discurso de una vertiente. En la otra, el neoliberalismo sangra en una sociedad necesitada de justicia. Urge una tercera vía que defienda por igual libertades y derechos. Pero vivimos en una España que siempre se dijo que era sociológicamente centrista, pero donde nunca hay sitio para un partido de centro...