Diario de León

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John Houston dirigió su última película en silla de ruedas y pegado a una mascarilla de oxígeno. El filme, rodado en el invierno de 1987 en Los Ángeles porque el director ya no podía viajar, se tituló Los muertos (en España Dublineses ) y adaptaba el último relato del famoso libro de cuentos donde James Joyce retrataba a sus paisanos de la capital de Irlanda a principios del pasado siglo.

Houston estaba enfermo. Muy enfermo. Sufría un enfisema pulmonar y moriría apenas cuatro meses después. Así que aquel rodaje, el último de una larga carrera, fue especial. En Los muertos , el director de El halcón maltés y El tesoro de Sierra Madre , de El hombre que pudo reinar (otra adaptación de un clásico de Kipling) y de El honor de los Prizzi , se despedía del cine y de la vida, y lo hacía con su hija Angélica en el reparto.

Hay una escena en una escalera, en la casa de Dublín donde transcurre la cena de Epifanía que narra Los muertos , que convierte a la película de Houston en una obra maestra. La cena ha terminado. Nieva en Dublín. Y Gretta Conroy, la esposa del protagonista, ya se ha puesto el abrigo para regresar al hotel donde pasará la noche junto a su marido cuando uno de los tenores invitados a la mesa se atreve a entonar una vieja canción; La chica de Aughrim . Gretta (Angélica Houston) la escucha desde el rellano, con una vidriera a su espalda. Y su marido Gabriel la observa a los pies de la escalera y es testigo de la emoción que le provoca.

En el hotel, Gretta le confiesa que la canción —sobre una chica seducida por un lord que acude a la casa del noble bajo la lluvia con el hijo que ha tenido— le ha recordado a un muchacho enfermo, un chico delicado, Michael Fury, con el que solía pasear de jovencita. En seguida rompe a llorar porque aquel joven enamorado, convaleciente, se había levantado de la cama en una noche de lluvia para despedirse de ella y había muerto poco después. Y no es difícil imaginarse a John Houston en su silla de ruedas, con su mascarilla de oxígeno, cuatro meses antes de morir, mientras Gabriel Conroy observa desde la ventana del hotel los copos de plata que flotan entre las farolas de Dublín y la nieve cae en toda Irlanda, sobre las aguas sombrías del río Shannon y sobre el cementerio desolado, escribió Joyce, donde yace enterrado Michael Fury.

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