Creado:

Actualizado:

Uno aún no estaba aquí cuando llegó la Legio VI, ni cuando se puso la primera piedra de la Catedral. Todo lo anterior al Mesozoico me suena lejano. Pero tengo edad para haber asistido a algunos cambios tecnológicos. Este periódico acaba de cumplir 116 años, no formé parte de la primera plantilla pero sí participé en el cambio de la máquina de escribir al ordenador. No añoro medievo alguno, aunque aquí me autodenomine juglar de columnas. Dicho esto, genuflexiones con la informática las justas. Leo en este periódico: «Más de 100.000 leoneses mayores de 65 años no saben gestionar su economía con la banca digital». Tentado estuve de llamar a la autora, mi querida amiga María Jesús Muñiz, y espetarle: «Los de 63 tampoco estamos para tirar cohetes digitales». Su reportaje ponía el dedo en la llaga. Y lo inquietante es que a los culpables no les importa. El otro día, mi mujer tuvo que ayudar a un señorín desconocido a sacar dinero del cajero, desesperado porque no lograba hacerlo como siempre. Pobre. Pero cuidado con estas peticiones de auxilio, que hay suelto mucho José María el tempranillo . ¿Cuántos de nuestros mayores se sentirán hoy humillados por un teclado, una pantalla o un contestador? Les han cambiado su mundo, y los que vamos detrás tampoco lo tenemos mucho más fácil. A los bancos no les puede bastar con cambiar su funcionamiento, deben adaptarlo al usuario. Cuando consigues sacar un billete de tren o de avión desde el ordenador se ha extinguido la cultura que deseabas conocer.

Sin ser un virtuoso, tampoco soy un analfabeto digital. Si algo se me explica lo cojo a la segunda o a la tercera. Me pregunto en qué etapa del pasado cercano chafamos o nos chafaron lo nuestro. Y el futuro ya se asoma.

Nadie se cierra a lo nuevo si le facilita la vida. No hay analfabetos digitales, hay falta de didáctica apropiada. Aquí, enseñar al que no sabe no es condescendencia, sino obligación. Hacerlo muy clarito y en amable. Felicitaciones, Diario de León, 116 años no se cumplen todos los días. Ah, muchos cambios tecnológicos, pero amor se sigue y se seguirá escribiendo sin hache, y humor con ella. Eso sí, en casa, era mi madre la que le cambiaba a mi padre la cinta de la máquina de escribir.