El eslabón perdido del cine
Cuenta el cineasta Rodrigo Cortés que el maestro del pueblo de Tardajos, en la falda de un antiguo castro situado en la provincia de Burgos, le dijo un día su alumno más aventajado: «no tengo nada más que enseñarte».
Así que aquel hijo de campesinos tan espabilado comenzó a caminar diez kilómetros diarios por la carretera de Villadiego hasta Las Quintanillas para seguir estudiando. Allí volvió a destacar y con 14 años acabó ingresando en el seminario de Sigüenza. Estamos en 1882.
Como seminarista tuvo la oportunidad de estudiar matemáticas y ciencias físicas en Madrid. Y a los 22 años lo trasladaron al seminario de Murguía, en la provincia de Álava. Al niño de Tardajos, convertido en un joven profesor del colegio religioso, comenzaban a compararle, por su erudición, con un sabio del Renacimiento.
Y no era para menos. Fascinado por las sombras chinescas y por las máquinas que proyectaban imágenes en movimiento como el fenaquistiscopio de Plateau y el quinetoscopio de Edison, nuestro joven sacerdote se convirtió, dice Cortés, en «el eslabón perdido» del invento de los hermanos Lumiére cuando en torno a 1892 pronunció una conferencia en Barcelona en la que habló de sus investigaciones sobre la sincronización del movimiento y a la que asistió un colaborador de los fotógrafos franceses; el ingeniero A. Flamereau, que con su permiso y con sus notas, construyó en París un primitivo cinematógrafo.
En aquella charla, nuestro hombre, nuestro sabio, nuestro sacerdote devoto de Dios, hablaba —rememora Cortés— del cinematógrafo y de la cronofotografía; «una sucesión de fotografías, no con movimiento continuo, sino con intermitencias o intervalos de reposo, para que, aprovechando la inercia de la retina, quedase tiempo para sucederse unas a otras y producir así la ilusión del movimiento». Y eso es el cine, recuerda Rodrigo Cortés.
Por eso es un acierto que la rotonda de Ponferrada dedicada al séptimo arte, con sus fotogramas de El Padrino y Casablanca , pueda llamarse en un futuro cercano glorieta de Mariano Díez Tobar; ese era el nombre de aquel niño de Tardajos que sabía más que su maestro y terminó destinado en el convento de los padres paúles de Villafranca del Bierzo. Donde siguió inventando.