¡Qué fuerte!
Quizá por no ser de esqueleto atlético, me hace mucha gracia la expresión «¡qué fuerte!». Los bilingües exclaman «¡qué heavy!». En fin, admitámoslo, todos necesitamos quien nos ayude a mover el piano, incluso si no tenemos. Quien dice piano, dice castañuelas o flauta travesera. Leo en este periódico, en reportaje de Tranca, que la familia Jiménez cumple sus primeros 25 años de proezas forzudas, entre ellas mover con la coleta una pesada camioneta con 84 personas dentro. En efecto, ¡qué fuertes! Nunca les he visto en acción, pero les creo sin necesidad de que me lo demuestren arrojándome de una orilla a otra del Bernesga. Además, los efectos especiales también son verdad. Por ejemplo, el célebre grito de Tarzán estaba conseguido metiéndole al atlético Johnny Weismüller termitas dentro del taparrabos. Había truco sonoro, vale, pero gritar sí que era él quien gritaba. Y es que queda muy bien desear «que la fuerza te acompañe», pero seguidamente hacerse el sueco si pides ayuda para subir el piano al trastero. Somos o no somos, que diría Hamlet. La vida nos enseña a ser fuertes, pero no es solo por el resignado a la fuerza, ahorcan. El amor y la amistad nos fortalecen, pero también las adversidades si no te destruyen. Nada nos hace tan fornidos como ser conscientes de la propia debilidad, si conlleva comprensión de la ajena. A la vez, la gratitud nos aporta energía. Virtud hercúlea donde las haya, mueve montañas. O debería.
La edad enseña a evitar todo aquello que quita fuerza interior. Y las tristezas ajenas nunca nos las restan, al contrario, compartirlas nos agranda. Lo que das te fortalece. Por supuesto, la toxicidad emocional es ya otra cuestión. La edad te enseña también a huir de lo que nos debilita, de lo que te aparta de todo aquello que mantiene en forma, por dentro y por fuera.
Ah, la fuerza. Si la familia Jiménez acepta becarios aquí tienen a este sesentón dispuesto a aprender el oficio, si bien antes de pasar a lo de mover con la coleta el camión quizá fuera más sensato empezar con un triciclo, a ver qué tal. El afecto y la empatía siguen siendo reconstituyentes muy eficaces. Y una cucharadina sopera de humor… mañana, tarde y noche también ayuda.