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Ahora que llega otra vez la Semana Santa ha salido a la palestra el reverendo Fláker para demostrar que tiene que hacer penitencia por la poca caridad cristiana demostrada. No se puede mezclar lo humano con lo divino, que es lo que se practica con la representación de la Pasión cada año por estas fechas, como si alguno de nosotros tuviera la dignidad de llegar a saber cuál fue el sufrimiento de aquel día en el Gólgota. Y sacan los santos de paseo como si los símbolos tuvieran alguna posibilidad de acercarnos el cáliz.

Les ha dicho el consiliario a las cofrades de María del Dulce Nombre que son «malas cristianas» y no se da cuenta de que bajo ese término nos cobijamos todos, también él, que no tendrá la soberbia —pecado capital— de pensar que se libra del este del Edén o que, al final, él es bendito entre todas las mujeres a las que acusa de pecadoras. O a lo mejor, sí, que tampoco entiendo la razón por la cual los sacerdotes tienen vela en los cuadros de las cofradías, que por lo general tienen menos que ver con la religión que cualquier otra empresa humana, que aunque todo sea muy solemne no creo que a Jesús le hiciera gracia toda la farsa que se conjuga con esas ocho palabras con las que empezó todo.

No es el asunto de la reunión lo que pasará a la historia —esta sí, esta no, esta me gusta... y me como una—. Lo más interesante es que a las mujeres que se rebelan se las calle con el peor de los insultos que puede decirse a un (buen) papón (el uso del masculino es adrede).

«Sois malas cristianas», dijo el hombre, que sólo le faltó creerse Cristo y animarles como a la adúltera,  Vete y no peques más , aunque ¿Creen que el señor Fláker habría arriesgado su vida para salvarla?

Supongo que el padre Fláker se habrá confesado ya, pero para que Dios le perdone tiene que hacer examen de conciencia y dolerse de los pecados, un trabajo individual para el que puede utilizar esta Semana Santa. Yo también lo haré, reverendo, como cada día, pero recuerde que todos estamos acusados por nuestra conciencia, como usted.