Patadas hacia arriba
En España somos muy comprensivos con la estupidez. Me atrevería a afirmar que excesivamente comprensivos. Igual es así porque consideramos que es un don que está muy repartido —como una pedrea genética— y siempre hay un ejemplo, cuando menos, en todas las familias. El orgullo del apellido, así que sea un simpe Pérez o un García, lo llevamos bastante lejos. Somos la nación que hizo del honor bandera y la precursora del lenguaje políticamente correcto, si «vuecencia» me permite denominarlo así aunque sea evidente anacronismo, porque cualquier desliz podía convertirse en ofensa y conducir a un duelo al amanecer. Durante toda una época histórica, que vino a coincidir con la edad dorada de nuestras Letras, no había padrinos para tantas pendencias. Era ese «civilizado» rito o el diálogo a pedradas y los garrotazos goyescos. Con los poetas no llegaba la sangre al río, porque se tiraban versos a la cabeza. Lo único que cuatrocientos años después todavía sangran las heridas.
El problema que tenemos no es tanto esa piedad hacia quien comete estupideces sino la mala combinación que hace con otras costumbres tan nuestras como por ejemplo la patada hacia arriba. A un extranjero hay que explicarle que en España la forma de quitar a un inútil de un cargo no es el cese sino catapultarlo a uno de mayor responsabilidad. Esa técnica del cohete abre el hueco que nos apresuramos a rellenar con alguien menos lerdo, pero propulsa el problema hacia esferas superiores. Incluso a la estratosfera: un tipo sólidamente preparado en la materia que estamos tratando puede alcanzar así el firmamento de un consejo de administración o una presidencia sin ni siquiera habérselo propuesto. Todos sabemos que es algo tan tonto como ponerse Patxi delante de López, pero lo dejamos estar y las cosas tan extrañas que nos ocurren como nación desde hace siglos puede que no tengan explicación racional pero no carecen de motivos. Porque bajo la dirección de un rebotado hacia arriba de tres ministerios, por mucho subsecretario excelentemente preparado que le pongas de escudero, no sé qué se puede esperar que sea bueno. Quien no vale para monaguillo, mucho menos para obispo. Si todo esto lo asociamos con la ansiedad que nos acucia en los momentos históricos, en esas encrucijadas donde hay que optar por una dirección a sabiendas de que no habrá vuelta atrás posible, el cóctel es mortal de necesidad. Veneno puro.