Diario de León

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No sé usted, pero yo hablo inclusivamente al hacerlo con genéricos, según la máxima autoridad en la materia que es la Real Academia de la Lengua Española, y, pese a que no siempre estoy de acuerdo con ella, porque para mí las carteras llevan billetes y los carteros cartas, acepto religiosamente cartera como femenino de cartero cada día sin torcer el gesto cuando así se identifica por el telefonillo al traer un paquete. Lo absurdo de ese ya casi omnipresente «todos y todas» nace de que a alguien se le ocurrió pensar que «todos» no incluye a «todas». ¿De dónde salió esta aberración? Seguramente de algún gabinete político para reconocer o rechazar a los adeptos, los nuestros, a los que caminan por el mismo lado de la acera. A mí me parece que identificarse a través de una incorrección y una redundancia flagrante es como fardar de feo. Más que modestia, vanidad.

El «summum» en esta feria de vanidades —y mira que se han oído barbaridades y han circulado chistes— quizá haya sido «Unidas Podemos», por la relevancia institucional y porque si en un círculo consideraron que «unidos» no era global, «unidas» tampoco es epiceno que se diga. Incrustar en el lenguaje la ideología, de género o cualquier otra, es un error que procede de la concurrida idea de que el lenguaje nunca es inocente. Y no lo es, en muchas ocasiones, pero tampoco es siempre corrupto o culpable. El mundo se ha llenado de hermeneutas de tertulia que si los pilla Lázaro Carreter el dardo no se lo pone en la palabra sino en el tafanario.

Todo esto empezó con lo políticamente correcto, que vino de Norteamérica y era una censura a la libre expresión, aunque nadie lo dijera quizá porque caía del lado del buenismo biempensante. Una censura y un eufemismo, que es el lenguaje para hablar con las tías beatas y que ahora lo emplean hasta los sindicalistas, antaño rudos obreros y ahora atildados eruditos a la violeta. Hacia dónde se encamina el mundo donde vivimos no creo que lo pueda decir nadie con certeza, aunque las pistas que tenemos no indiquen precisamente algo mejor. La neolengua pretenciosamente inclusiva que en las pantallas que educan a las nuevas generaciones es de uso constante ha sido rechazada sin ambages por la Academia porque es un uso incorrecto de la Lengua. Un uso por lo demás público, porque nadie habla así en privado.

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