Diario de León

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Algunas revoluciones buenas, las que permanecen, las que de verdad cambian las cosas, suelen hacerse de manera callada, sin pancartas, tuits ni gritos, no quita que algunas veces hagan falta todas esas cosas para cambiar algunos de los caminos a los que nos ha ido llevando la historia, hasta guerras han sido necesarias a veces. Pero me fascinan esas que han sido hechas sin que nos diéramos cuenta, cambiando, sin notarlo la sociedad que habitamos de forma natural. Por eso me fascinan las nuevas viejas (Y sepan que uso «viejas» con el tono cariñoso pero no dulzón con que lo usa mi admirado Javier Cansado, si esperan a indignarse y siguen leyendo creo que me van a entender).

La venganza de los viejos suele ser, curiosamente, igual de infantil y ridiculizan los hablares, los andares y los vestires de los jóvenes. Y, sin embargo, eran ellas, las viejas, las que estaban cambiando. Puede que sea porque recientemente descubrí esa joya oculta del cine español que es la adaptación cinematográfica de ‘El camino’ de Delibes dirigida en 1963 por Ana Mariscal. La historia en sí de la película es fascinante.

El propio Miguel Delibes estuvo muy implicado en la realización de la película y en el guión y la censura, sobre papel, aprobó su rodaje. Pero una vez terminada algunas escenas asustan a los propios censores quienes, no pudiendo ya prohibirla, logran que sólo pueda estrenarse fuera de las grandes capitales y que, enseguida, quede enterrada en el olvido.

Nada más terminar de ver esa maravilla me echo a la calle y me fascino, por contraste de lo que he visto, observando que, ante mis ojos, las viejas han hecho una gran revolución callada. Sin decirnos nada, sin pedirnos opinión. Las veo por la calle erguidas y bailarinas gracias al Tai Chi, con sus rostros radiantes de crema, fugitivas del luto con pelotillas, vestidas de alegres colores, con sus dientes cuidados y repuestos, sus cejas depiladas, sus cabellos o muy cortos o primorosamente peinados huyendo ya de cardados y, desde luego de entramados de horquillas que mantengan un moño tirante y monjil. Las veo atareadas, llenas de nietos, bolsas y meriendas de picatoste con sus amigas igualmente confabuladas en la secreta revuelta, Las veo y las comparo con aquellas viejas que eran las de ‘El camino’, con aquellas que eran incluso nuestras abuelas y pienso: ¡Cómo han sabido hacerlo las viejas!

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