Diario de León

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En ocasiones veo a diputados en taxi. Hasta ahora era una mezcla entre alucinación y mal sueño, pero se ha convertido una realidad. El Congreso ha pagado 74.000 euros en taxis de diputados en dos meses de legislatura. Ayer leí esto y no pude evitar escudriñar la noticia de cabo a rabo intentando encontrar algún motivo con cierto sentido a semejante desfachatez. Y les adelanto algo: no hay por donde cogerlo.

En este tiempo en el que se ha producido la fechoría generalizada congresual apenas ha habido actividad parlamentaria, así que no me quiero imaginar a lo que nos saldrá la broma cuando suba el aletargado ritmo.

Es algo tan aberrante y de tan mal gusto que no entiendo cómo parezco ser yo la única ofendida. Me los imagino con su tarjeta de crédito a cargo del erario público subiendo al taxi sin ojear si quiera el aparato que marca lo que va subiendo el precio a pagar para ir a vaya usted saber dónde y me empiezo a poner amarilla.

Después me quedo pensando un rato en los taxis y llego a la conclusión de que ir en taxi es un lujo. Un lujo cómodo, sí, porque te ahorras aparcar, conducir y tener que estar pendiente de lo que tienes delante, detrás y a los lados. Pero un lujo que no está al alcance de todo el mundo. Claro que cuando no lo pagas tú lo mismo te da.

Antes conocía a varias personas que utilizaban el taxi con asiduidad para sus desplazamientos, pero ahora no conozco a nadie que lo use como medio de transporte más o menos habitual. Bueno sí, a los diputados del Congreso. Pero la diferencia es que ellos no se pagan el taxi, sino que se lo pagamos nosotros. Desplazarse de esta forma es completamente prescindible y además es una ‘jetada’ como una catedral, que quiere decir que son unos jetas. Me pregunto si lo utilizarían igual si tuviesen que meter la mano en su bolsillo para abonar el importe del desplazamiento y si en ese lugar al que se dirigen no hay parada de metro, autobús o aparcamiento para bicis.

Y como una cosa lleva a la otra, me dio por acordarme de los sueldos vitalicios de los ministros, que no tiene mucho que ver con lo de los taxis salvo en el abuso hacia el ciudadano contribuyente y vuelvo a cambiar de color. Esta vez al negro. Y me acuesto pensando cómo tiene que ser la vida cuando tienes un sueldo asegurado hasta que te mueras por haber sido ministro aunque no la mangues el resto de tu existencia. Tiene que molar.

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