Diario de León

Antonio Manilla

Castilla, declaración de guerra

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Si en 1937 Japón invadió China, no sé yo por qué la población almeriense de Líjar no iba a poder declarar la guerra a Francia, la granadina Huéscar a Dinamarca —cuya paz no se rubricó hasta 1981, tras casi doscientos años de hostilidades sin un solo muerto— o la madrileña Móstoles a Francia durante la Independencia, cuya paz todavía no se ha firmado. La historia, maestra de la vida, nos da ejemplos de casos de conflictos nominales e incruentos qué están ahí para dejar constancia en los siglos de alguna severa discordancia. Que tire la primera piedra quien nunca se haya enamorado de imposibles, quien no haya arañado en la piel de un árbol el nombre de una remota quimera.

Muchos ayuntamientos leoneses —más de la mitad— han emitido un veredicto contra la obligatoria pertenencia a esta comunidad que es una declaración simbólica de guerra contra la administración de Castilla y León. Una protesta de paz para separarse de Castilla por las buenas, dentro del marco constitucional, divorciando afectos y efectos para frenar el declive regional, dado que no existe ningún sentimiento de comunidad por ninguna de las dos partes. Los defensores del modelo territorial lo han tachado de simple gesto de cara a la galería. ¿Un simple gesto?

Hay gestos que perduran más que muchos amores, cuya memoria se desvanece con el humo de la calada al primer poscigarillo, sobre todo en esa primera juventud de cachorros inconscientes que ignoran que están viviendo el último verdadero verano de sus existencias. Nunca jamás volverán a brillar igual las luces de la verbena, las estrellas del firmamento ni los labios despintados a fuerza de tanto beso. La pérdida de todo eso se convertirá en ganancia un día, después de mucho tiempo, cuando el caudaloso río de la nostalgia termine por quebrarse en un destilado hilo de melancolía. Las batallitas de los abuelos son esos apáticos regatos en los que los nietos echan a navegar barcos de papel cargados de sueños imposibles. Grapas para la continuidad del mundo. En la memoria de la especie, grabada en los genes, se conserva el recuerdo de la noche primordial, el del primer fuego y los sabores prohibidos. Cuando algo se descose por dentro, al inmisericorde paso alegre de la edad, son las únicas cosas que perduran. Llamadnos idealistas, pero creemos que sobre esas declaraciones municipales algún día dejará de crecer la hiedra de lo inútil.

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