Espadas de madera
El sentido de pertenencia suele tener un componente bélico. Pertenencia a un barrio sin limitar, a una línea divisoria natural o acuñada por las circunstancias históricas, como los que pertenecen a una orilla u otra del río o viven del «paso p’acá» o del «paso p’allá», con una separación de cuatro vías de ferrocarril en mi caso de años imberbes. Es verdad que las treguas eran duraderas y el espíritu guerrero se enconaba solo ante circunstancias determinadas por el jefe, que en cada bando había uno, generalmente muy mandón y que exigía obediencia ciega.
La más prolongada tregua de nuestras guerras intestinas era el invierno. Creo que la nieve nos unía en quehaceres y aventuras comunes. Y, a la larga, se convertiría en memoria. En aquellos momentos también en juego y solidaridad. Era también tiempo de recogimientos y palabras, de aprovechamiento para la fabricación de artefactos de madera, especialmente tiradores y espadas, las dos armas fundamentales de aquellas guerras que seguramente empezarían con la primavera muy avanzada. Recuerdo la perfección con que Donato Fernández fabricaba estas últimas, a base de paciencia, forgar con precisión la hoja con un cristal, seguido de lija para suavizar y cera para deslumbrar. Y una empuñadura, especialmente trabajada con hilo de bramante o lana para mayor sujeción y mejores movimientos. Las espadas de madera siempre fueron un empeño especial, casi siempre colgadas del cinto o una cuerda que rodeaba la cintura. La lucha entre espadachines más que a otra cosa se parecían a las guerras de Gila. En nuestro caso, a mandoble puro y duro hasta que la espada contraria cayese al suelo. La discusión, en otro caso, de quién había tocado primero el cuerpo del otro se hacía excesivamente larga y nunca concluyente. De tal manera que muy enfadado nuestro jefe por la posible vergüenza de sentirse perdedor, ordenó hacer prisionero al que lo ponía en duda. Recuerdo su nombre, pero quedará para siempre en el anonimato para no ensuciar su ejemplar hoja de servicios. Pasó buena parte de la noche atado a un poste en la zona rocosa entre el cuartel y la escuela. En mi descarga alegaré que aquel día comprendí los horrores de la guerra y sus consecuencias.
Las consecuencias empezaron a fraguarse al día siguiente con las hostias que nos arreó el padre del prisionero. El armisticio definitivo llegó con una larga y cuidada vara de avellano con que el maestro puso color en el cuerpo de los belicosos chavales con espadas de madera. Reina desde entonces la paz.