AL TRASLUZ
Algo menos risueño
Ya lo tengo decidido, voy a pedirle al periódico que me cambie la fotografía de la columna; no por estética, sino por decoro. Mi expresión en ella es demasiado risueña y no me parece apropiada para todos los temas, la imagen forma parte del mensaje. La actualidad no es solo trágica o dramática, pero son registros dominantes. Esta foto solo resulta apropiada para abordar asuntos amables, y obedeció a una situación concreta: contemplaba al público asistente a un acto cervantino en el que participé; no hubo tanto como extras en Ben-Hur, pero sí los suficientes; era, pues, sonrisa de ¡¡uff!!, de conferenciante aliviado. Agradezco al compañero o a la compañera del periódico que la seleccionó, pero creo hay que cambiarla; todo hace intuir que la actualidad nos traerá más blues que swing, diríamos en melómano. En fin, no quiero que me vean tan satisfecho, pues no lo estoy, ni nada parece indicar que lo estaré. Hay que poner otra fotografía, por favor. Ni tan serio que parezca un filósofo existencialista, ni tan jovial que parezca el conserje de Baco. Un gesto intermedio. «Entre triste y alegre», que decía Cervantes. En la columna es muy importante el final, pero usted empieza a leerla por el tejado; o sea, por la foto. Y esta que ven es solo apropiada para comentar noticias del tipo:” Trump dimite antes de tomar posesión”. Va a ser que no. Necesito una con expresión algo menos risueña, no diré que circunspecta pero sí acorde.
Hay días en los que solo puedes escribir con lágrimas, o callar. Hay días en que el dolor del mundo sobrecoge. No, no suelo ser de semblante risueño, ni siquiera en días buenos. El humor no es coraza infalible a cualquier arcabuzazo, sino un viejo amigo que aparece y desaparece. Menos mal que tenemos a los voluntarios de Valencia, enorme sonrisa colectiva de esperanza.
Entra Marta en mi despacho y pregunta feliz: «¿A que no sabes de quién es la obra que haremos en el taller municipal?». Dije una larga lista de autores, incluidos Tutankamón y Paquirrín. Esta vez se atreverán con una versión entremesil de La fierecilla domada, de Shakespeare. Y se me dibujó una sonrisa de orgullo conyugal. «¿Como la de la foto?», se preguntará el lector. Touché. Sí, como esa. Ah, la vida.