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Entre las amenazas de la civilización, que sobrevivirá aun a Trump y a la moda de los pantalones cagaos, tengo para mí como una de las más graves la desaparición de los cartas: uno de esos objetos cotidianos de distinción que, para lástima de las nuevas generaciones, se han arrumbado, como los centrales con bigote o las copas de Soberano. En mandar una carta y recibir una carta, escrita a mano, con esa ofrenda del remitente al destinatario, se conserva todavía uno de los últimos reductos de la educación, la cultura y el buen gusto, ajenos a las prisas que desnaturalizan todo lo que toca la nueva tecnología con sus sesgos impersonales, sus emojis y su memoria de pez. Donde llega la correspondencia late una vida porque no hay cartero que desahucie un pueblo, por muy a trasmano que le quede, sin acercarle a su último vecino el derecho que todavía le liga con los ciudadanos de primera y, si hace falta, junto al pan y los medicamentos. Aunque en León la situación de Correos amenace con abandonarnos en el desierto de los bárbaros, como acaban de denunciar los representantes de una plantilla que ha perdido el 40% de sus efectivos y apunta un déficit de 60 personas para atender el territorio.

La carta escrita por los carteros avisa del desmantelamiento de otro de los servicios públicos que sustenta el mecano social. El relato de los protagonistas en el cuerpo de la misiva habla de profesionales que tienen que hacer más de 15 kilómetros a pie, rutas interminables de cerca de 200 kilómetros por puertos de montaña, vehículos sin ITV y con las ruedas en los alambres, secciones que se quedan hasta 6 y 7 días sin repartir, un sistema que hace que la carta que se mete en el buzón de la avenida Nocedo vaya a la central de reparto de Valladolid para entregarla después en el Espolón... La plantilla, con una edad media que frisa los 57 años, sin cubrir bajas, describe la desidia ante las oportunidades de hacerse con un hueco en la banca postal y dominar el mercado de la paquetería que alienta el comercio electrónico. No se llega porque, como en el resto de empresas estatales parasitadas por la política, la dirección se entrega al amiguete de turno del partido que manda.

Posdata: las cartas quedan, los whastapp se borran. Tú eliges