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Uno, como todos, está muy orgulloso de que dos muchachos leoneses resultasen elegidos hace ahora dos años como candidatos a astronautas por la Agencia Espacial Europea. Como le dijo uno de ellos al presidente del Gobierno, nada más conocer la buena nueva, y antes de entrar en la vorágine de reconocimientos con que se celebró su elección: «mire cómo están las cosas en León que la juventud tiene que ir a buscar trabajo a la Luna». Luego las declaraciones se fueron haciendo más políticamente correctas y con un acto de gratitud tras otro se tapó el que puede ser el mayor fiasco político de los últimos tiempos: el intento previo de conseguir para León la sede española de esa misma Agencia Espacial Europea. Una iniciativa que -cómo la verían de posible, aunque con la boca pequeña se vendiera como una especie de concurso oposición entre ciudades despobladas- logró unir incluso a dos contrincantes políticos declarados, pese a pertenecer al mismo partido, como José Antonio Diez y Javier Cendón.

No va a decir uno que poner a dos gallos, en vez de dos bueyes, a tirar del carro, fuera la causa de la debacle. Pero ni remando en la misma dirección estos dos íntimos enemigos (los enemigos siempre son de los nuestros, los de los otros partidos son adversarios, dejó dicho Churchill) es probable que pudieran haber logrado algo. Y no porque fueran veintiuna las candidaturas, sino porque fueron ninguneados y engañados. Probablemente no fueron los únicos que se tragaron el anzuelo de que ser zona despoblada puntuaba mucho en el proceso de selección. Por ejemplo, y no por recordar «éxitos» ajenos, sino porque así ocurrió, conviene rememorar la «gloriosa» aportación de otra institución leonesa: con el arma improvisada de una pluma o un cojín suave, y bien ajustado a la quijotera el baciyelmo, salió la Universidad a defender la propuesta de localizar aquí la agencia nacional de astronautas y cohetes.

Cuando al final se resolvió que fuera Sevilla, como debía de estar previsto, las carcajadas de Madrid, que son una risa acusadora de provincianismo, se oyeron más allá de Despeñaperros: el gobierno volvía a ciscarse en la España vacía y en las nuevas regiones devastadas, en la España pedánea y en los pueblos sin semáforos, ni aeropuerto, ni escuela. Por suerte, nos quedaban las apolíticas amapolas, que al poco siguieron anunciando, puntuales, la primavera en las cunetas de todas nuestras carreteras provinciales.

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