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No siempre para pasar una tarde maravillosa en un espacio maravilloso has de hacer antes la maleta, ni para que te toque la lotería has de haber comprado un décimo. A veces, nos adelantan los regalos navideños. El gran crooner leonés Javier Arias me convocó el viernes a que el domingo fuese a su casa, quería conocer mi opinión sobre algo de su próximo concierto —este sábado, en la prestigiosa sala madrileña Clamores— Todo un honor inmerecido, aunque amo la música soy de los que cree que un bajo es el papa Pitufo. Desde que recibí la llamada he cantado en la ducha los grandes éxitos de Dean Martin; y Marta también, pues la invitación la incluía a ella; quizá, la factura de agua caliente subirá un poco, pero no importa. Es como si a usted, lector, Arguiñano le suelta: «Voy a renovar la carta ¿te puedes pasar por mis fogones a ser el primero en probarla?», o si a usted, mi dulce lectora, le propone Stephen King: «He escrito unos cuentines de terror, ¿se los puedo leer esta luna llena?». Cuando llegamos, tocaba a la trompeta Autum Leaves. Luego, entre canción y canción, fuimos conversando un poco de todo. Un artista íntegro siempre se hace preguntas, pero —a veces— las respuestas necesita escucharlas en otras voces. Su repertorio no ha cambiado en lo esencial, ahí siguen las joyas que no envejecen… la novedad es que no hay novedad, sino más Verdad, algo que parecía imposible en alguien tan verdadero como él. Pero lo ha vuelto a lograr. No hace mucho que ha traspasado los cincuenta y su pelo ya luce plateado. "Ahora cantarás aún mejor A mí manera», le bromeé, aunque iba en serio. Y ya verán a los sesenta. Por cierto, Arias no imita a Elvis o a Sinatra, simplemente  —o no tan simple— sigue su senda. No es lo mismo.

Cantó para nosotros Never gonna fall in love again, también un gran For the good times, de Kris Kristofferson, y baladas del Rey y de otros reyes, pues grande es Camelot… interpretadas con su habitual excelencia técnica e innata emoción… pero, sí, con aún más Verdad. Me habló de esa banda sonora de su vida que fue y sigue siendo su padre.

De nuevo, trata de mejorar este regalo, papa Noel. Te ahorro el esfuerzo: mejor, imposible; ni lo intentes, ni siquiera en la ducha. Ah, la vida…