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El titular proclamaba: «Teresa, a los 99 años y tocando la pandereta: El mayor patrimonio es la alegría». Cierto, la alegría es estrella que algunas personas llevan siempre consigo, incluso en sus pesares. Lo sé, allá arriba ya brillaban alegres muchos antes de que los seres humanos existiéramos, pero no fue hasta que fueron contempladas cuando su alegría adquirió pleno sentido. Qué bello reportaje de Ana Gaitero, y que bella verdad la de la panderetera de Villaquilambre, en cuya vida doy por hecho de que tampoco habrán faltado sinsabores. Para estar alegre ni siquiera es imprescindible ganar la lotería todas las semanas. Ser alegre es ya el premio. Misterioso sentimiento, que, en efecto, ni siquiera necesita razones visibles. Pienso ahora en la luminosidad de un querido amigo que días atrás ha sido despedido de su trabajo, en su sobria ternura al contármelo. Pienso en quienes está enfrentándose —ellos o un ser querido— a una larga enfermedad, de las que exigen mucho más que pacencia. Pienso en Valencia, en el dolor del mundo… en los solitarios… en los afligidos portadores, pese a todo… de alegría, pues esta solo es incompatible con la indiferencia hacia el sufrimiento ajeno. Alegría no es estar tú bien, sino anhelo de que los demás lo estén. La hay también en quienes en Valencia cantan junto a desconocidos —pero sintiéndose prójimo— el himno de la tierra.  También es muy bello este titular que iluminaba la primera: «Adiós a Felipe Zapico, romance del toreo». Y los textos sobre este gran caballero, escritos por María Jesús Muñiz y Cachafeiro. Zapico fue siempre portador de alegría innata, hasta el final de sus 90 años.

No, su reverso no es la tristeza, sino la desesperanza. Por ello, el mundo cristiano celebramos alegres la Navidad, aunque sepamos del destino que le espera a ese niño. La crucifixión no fue el final de la historia, sino un nuevo principio. Ah, misteriosa alegría, nuestra única riqueza.

Leo en otro medio: «Encuentran las que podrían ser las primeras galaxias del Universo».  Caramba, me digo, ¡y lo que se van a alegrar ellas cuando conozcan a nuestros astronautas leoneses, Sara y Pablo! Mientras tanto, la gran madre de todas las estrellas viaja alegre hacia nosotros.