CUERPO A TIERRA
Los dos patitos
Como preámbulo y banderazo a esas fechas en que oficialmente nos preocupamos por la felicidad de los otros, llega el sorteo del Gordo, esa lotería extraordinaria y casi somatizada dentro del imaginario español, ya que todos la hemos mamado desde pequeños en interminables mañanas de televisivos sonsonetes cantados por los niños de San Ildefonso con sus trajes y faldas recién planchados. La Navidad, cada vez más es menos una fiesta religiosa para la mayoría, ya se ha dicho muchas veces. Se ha transformado en días para vestir las calles de luminarias ―en León es cuando más se ve de noche, porque algo se ve― y, sobre todo, para el consumismo propio, aunque más para el ajeno. Una época de felicidad para compartir, afectos renovados por teléfono, regalos envueltos en papeles de colores y, al final, una cabalgata de sueños donde la magia de la infancia renueva los votos de esa ilusión que torna a imaginar que algún cambio es posible y mañana mismo comienza.
Que el sorteo del Gordo sea cada año el día 22, los dos patitos, a nadie se le escapa que se trata de una invocación a la suerte para todos, aunque luego se distribuya por barrios. La esquiva fortuna no se casa con nadie ni responde a las ofrendas de devotos disfrazados según sus supersticiones haciendo madrugadas para conseguir un sitio cercano a los bombos asimétricos, desde donde poner en liza conjuros y telepatías con la intención de lograr que los números de las bolitas confluyan con los de sus billetes. Se trata de una chifladura o creencia amable, que a nadie hace daño y otorga color local a un acto que de otra manera sería funcionarial y frío como una declaración de Hacienda.
Lo que resulta innegable es que cada uno de los boletos de lotería que jugamos es un mensaje en una botella con nuestros deseos íntimos dentro que se echa al océano del azar. Y por algo se lanza esa esperanza, que por nada no se juega ni a las canicas. Quien más y quien menos, durante unas horas, alberga en su corazón esas expectativas sin certeza alrededor del sonido de una flauta. Si más tarde, como indica la probabilidad, nos quedamos a verlas venir o con la caritativa pedrea, ya recordaremos la cita de Séneca: «Nos llegan más desventuras de la buena fortuna que de la mala». El que no se consuela es porque no quiere.