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Tengo como recuerdo, incluso cercano, la idea de señalar la fecha de hoy como el Día de la Salud. Repasados sin suerte los números de la lotería, la conformidad del recurso al gozo de saberse o sentirse bien se convierte en el teórico equilibrio de una balanza imaginaria. No hay pasta, pero sí salud, sin entrar en detalles. Cuando la conformidad se refiera a la poca suerte lotera y de salud, habrá que bautizar la circunstancia con algún nombre y fecha ahora que hay un día de todo y para todo, lo que obligará a duplicar días y contenidos.

Iba a decir que mañana empieza la Navidad. Pero no. Bueno, la de verdad sí. La otra ya está muy desgastada cuando llega su tiempo, que en no pocos casos se inició con los estertores del verano. Zambombas, loterías, turrones, luces, villancicos… se escuchan por todos los rincones hasta el cansancio de lo anacrónico. Las derivas de los acontecimientos suelen generar efectos contrarios, cuando no rechazos o distanciamientos. Confusión de sentimiento, negocio y tontería suprema. Acaso sea el consumo la verdad de todas las verdades, la encarnación de las necesidades inútiles, incluidas las navideñas, como tantas otras ya.

El espectáculo navideño anticipadísimo y competitivo del encendido de las luces ha entrado en la vorágine de una moda sin precedentes. Nada más lejos del espíritu que anima, al menos en la teoría, la sucesión de estas fechas, ahora al parecer si no falsificadas, sí deterioradas. Competencia por el árbol de mayor altura, por el número más elevado de bombillas —parece este el tiempo de las bombillas— que invadan de guiños y colores calles, plazas y rincones. Hasta se convoca a un auditorio fervoroso, famoso incluido en casos, que acuda al momento mágico del botón apretado para provocar admiraciones, acaso envidias y la sonrisa del protagonista de turno que recurrirá a la hipérbole para dejar atónito al personal, con intenciones añadidas, naturalmente (poco se hace ya en vano). Y algún rótulo en inglés para que nada falte en este camino hacia un Black Christmas cercano en el espíritu y el tiempo. A uno le sigue pareciendo la desmesura, mantenida de luz incluso durante el día en ocasiones, un derroche, donde sobran muchos excesos en tiempos en que hay tantas heridas abiertas. La luz que deslumbra quizá sea otro síntoma más de soledad, todo lo contrario de lo que se quiere celebrar. No siempre la luz ilumina. Me parece.