TRIBUNA

La ciudad de Los Ángeles en llamas

Los angelinos son de todo el mundo: un tercio son nacidos en el extranjero; más de la mitad tienen como idioma materno uno distinto del inglés

sacerdote y sociólogo

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En 1781 el gobernador Felipe de Neve inauguró en lo que hoy es la Plaza Olvera el primer asentamiento con un puñado de españoles, indios y esclavos, al que denominó El Pueblo de Nuestra Señora de los Ángeles. Después de cerca de dos siglos y medio de historia, aquel primer asentamiento español se ha convertido en la ciudad más poblada y una de las más dinámicas y acogedoras de todo Estados Unidos.

Hoy, el cielo de Los Ángeles, como nos muestran los medios, es de un gris anaranjado. El hollín y la ceniza están por todas partes. Las imágenes de los medios muestran la desolación que están produciendo los incendios fuera de control. Para muchos es una realidad aterradora, pero para la mayoría de los residentes del área metropolitana de Los Ángeles, como me dicen mis amigos Sharon y Glend Hueckel, residentes en Pasadena, o Nacho y Martha, residentes en Claremont, es la catástrofe que enfrentan 180.000 residentes que han sido evacuados o que ya han perdido sus hogares. Barrios como Pacific Palisades, Pasadena, Hollywood Hills, lugares que durante un año sabático y varios veranos frecuenté, donde viven algunos de mis amigos californianos, hoy están en llamas. A los estadounidenses, principalmente los de la costa este, les encanta ver a Los Ángeles al borde de la destrucción. Es verdad que la ciudad de Los ángeles vive al borde del abismo. Entre el paraíso y el apocalipsis. Inundaciones, incendios, terremotos, más de 10.000 al año, aunque la inmensa mayoría de baja intensidad, disturbios callejeros, sequías: todos estos fenómenos están presentes en la mente de los habitantes de Los Ángeles y estoy convencido de que esos mismos fenómenos le dan a la ciudad algo de su energía, algo de su sorprendente voluntad de borrar el pasado y empezar de nuevo. Se puede ver esto en cualquier otra parte del mundo, en cualquier metrópolis cuya existencia esté a merced de un entorno físico que seguramente algún día la destruirá: Tokio, Nápoles, Ciudad de México. Pero en ninguna se vive esa precariedad como en Los Ángeles, esa sensación de que la espada de Damocles pende sobre ella. Incluso los vendavales que precipitaron los incendios de hoy, los vientos de Santa Ana, son parte de la leyenda de Los Ángeles. Cuando en Los Ángeles se respira una cierta quietud antinatural, significa que pronto comenzarán a soplar los vientos de Santa Ana, vientos del noreste que vienen del desierto de Mojave, silbando por el Paso de San Gorgonio, levantando tormentas de arena a lo largo de la Ruta 66, secando las colinas hasta el punto de ignición. «Los angelinos sabemos cuándo se avecinan los vientos de Santa Ana, porque lo sentimos», dicen ellos. Hoy muchos se preguntan quién provocó estos incendios ¿El cambio climático; la mala gestión de los recursos públicos; el desarrollo suburbano descontrolado? No encuentran una única respuesta, pero todos coinciden en señalar alguno de esos elementos como origen del fuego. El condado de Los Ángeles es el más poblado de los Estados Unidos. En él viven más de 10 millones de personas. Los angelinos son de todo el mundo: un tercio son nacidos en el extranjero; más de la mitad tienen como idioma materno uno distinto del inglés. Un 65% habla español. En este sentido, Los Ángeles es un microcosmos para el resto de la nación y del mundo. Es una sociedad mosaico de razas y culturas: Euro-americanos; Amer-indios; Asiáticos: chinos, japoneses, coreanos, vietnamitas, malasios, indonesios y, sobre todo, hispanos. Es, como dicen ellos, un «melting pot» o crisol de razas, lenguas y religiones. Es un pueblo en movimiento, en busca de un nuevo hogar, que intenta salir adelante en circunstancias precarias y muchas veces adversas. Hoy tengo dos imágenes grabadas en mi mente. La primera es la de las ruinas de la iglesia de Corpus Christi, de la comunidad católica en Pacific Palisades. La iglesia se quemó ayer hasta los cimientos junto con todo lo que la rodeaba. La segunda imagen es la del letrero de Holywood, donde un día me quiso detener la policía por intentar escalar el andamiaje, cuando en realidad era que estaba perdido en aquella montañaCuando desaparezcan las terribles imágenes de estos incendios, Los Ángeles, como el ave Fénix, volverá a renacer de sus cenizas. La gente se quedará, la ciudad se reconstruirá, el optimismo y la esperanza perdurarán. Y aquel pequeño poblado hispano de Nuestra Señora de los Ángeles, junto con todos los que allí lleguen, seguirá escribiendo su historia.