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Montserrat González y Triana Martínez, madre e hija, han expresado en una carta “sus disculpas sinceras, plenas y absolutas” por el asesinato de Isabel Carrasco. No he leído el texto íntegro de la misma, pero —a priori— pedir disculpas me parece escaso para un hecho tan grave. Te disculpas cuando pisas a alguien, aquí estamos hablando de que se le quitó la vida a un ser humano. A muchos nos parece repugnante cuando un terrorista pide solo disculpas. En cambio, la petición de perdón —que no es un acto únicamente religioso— conlleva dolor por el dolor causado, arrepentimiento no solo por las consecuencias penales que su acción ha tenido. “Todos estos años de condena que hemos venido padeciendo han producido una reflexión profunda y sosegada», afirman en su carta. ¿Qué han venido padeciendo? “¿Profunda y sosegada?” Su abogado niega que se trate de una maniobra para obtener permisos y alega que nadie ha requerido a las condenadas “ese arrepentimiento”. No lo mostraron en su día, al contrario. «Han pasado más de diez años. El ser humano cambia. Es que, si no cambiásemos, qué sería de nosotros», argumenta el letrado. Ella ya no puede cambiar.

En la película Sin perdón, que trata sobre la venganza asesina y sus efectos en la conciencia, el pistolero reflexiona: “Matar a un hombre es muy duro, le quitas todo lo que tiene y todo lo que podía tener”. O sea, le despojas de lo que es y de lo que pudo haber sido… de su posibilidad de rectificar errores, de ser mejor. Quizá, ella ya las ha perdonado. No es esa la clave.

Creo en la reinserción, porque la ley no es venganza. Aplíquese lo justo, lo que dictamine la ley. Dicho esto, lo que he podido leer de la carta me parece frío en sus planteamientos, aunque entiendo que no se ha querido caer en lo sentimental. Me interesa más cómo está la hija de la víctima, en qué clase de persona la ha convertido su dolor. No soy jurista, ni criminólogo, tampoco lector habitual de novela negra… soy católico y creo en la superioridad del perdón, en su efecto liberador.… pero qué difícil perdonar, incluso solo comprender.

Y algo me dice que a este triste puzle le siguen faltando piezas. Una carta escrita con sangre ajena y —quizá— ahora también con la propia.