Flamencos aquí
Ver palmeras en la nieve parece menos sorprendente que ver a espectaculares flamencos que por primera vez en grupo han asentado sus idas o venidas a pocos kilómetros de aquí, trece flamencos que maravillan al visitante de las lagunas de Villafáfila, el gran humedal clave en los flujos continentales, esa otra hermosura natural de la hermana Zamora que el cazurro visita poco o nada dándole zapatilla al cruzarla. ¡Flamencos! Antes sólo los veíamos en el National Geographic o en la 2. Es, en fin, lo nunca visto. Y parece que quieren alargar sus estancias zamoranas porque ahí tienen el qué y no les hostigan. A lo suyo van. Admirable. Ahora sólo nos queda saber si esa señal es buena o es aviso de lo que viene y cambia, pues ya nadie puede negar que la decisión de esos flamencos significa un «cambio», sin duda radical, y que algo les «cambió» en su viejo comer teniendo que «cambiar» sus rutinas porque el clima les vino «cambiante» y lo suyo de antes se acabó porque quizá sus lejanas lagunas se secaron o las esquilman para regar fresas. Y llegan pidiendo asilo a esta tierra fría. Dicen que hay fundamento para creer que seguirán viniendo otros años como ya lo venía haciendo tiempo atrás una pareja de ellos que, por lo que se ve, han convencido a esa pandilla flamenca de venirse a este supermecado lagunero que frecuentan 279 especies, juntándose hasta 10.000 aves, sin contar 2.500 avutardas más en toda aquella contorna baldía... y grullas y gansos asgaya.
La realidad es que hace unos años una pareja de flamencos inmigrantes —y sin papeles de la autoridad del parque— decidó fijar ahí sus estancias. Cada vez que regresaban a su otra colonia contaban maravillas de Villafáfila y que había que migrar aquí, así que esos trece se convencieron al fin y se vinieron en su patera aérea. Es lo que llaman «efecto llamada». Ahora ya son quince ilegales. Y no hay frontera. Seguro que seducirán a muchos más en un futuro hasta ser unos cientos y así podremos imaginar cuántos no habría en la antigua Roma y sus marismas para que en sus orgiásticos banquetes fuera frecuente el exquisito plato de «lenguas de flamenco».