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Creo que fué Millás el que comentaba el otro día esa incongruencia española de tener que pagar por ver la tele en los hospitales públicos siendo además una empresa privada la que se lo lleva crudo; y que deberían al menos las cadenas de Televisión ¡Española! verse gratis. Impuestos le cuestan al internado que no quiere palmar moneditas cada día en un aparato que recuerda mucho a un cepillo de iglesia: Limosnas para el Culto; y al inculto, que le den. Y no hay otra: a pagar o apagar. Y añadía Millás el alivio que para algunos enfermos ha de ser una tele que les evada de la incesante trilla mental cuando le ingresan a uno. Y también por los familiares que allí hacen guardias eternas, turnadas o no... pon la tele, Maribel, que padre ya ronca de tanta pastilla.

Y ahora que a la Sanidad la gobierna cada comunidad autónoma, ¿no es raro, muy raro, que en la mayoría de sus hospitales se pague también por esto mismo?... ¿cómo es posible tantísima unanimidad territorial con tantísimo como perrean entre sí o contra España por diferenciarse, distinguirse y pillar más?... ¿y qué empresas meten su cazuelo ahí?... ¿son distintas en cada lugar o las hay que operan en otras comunidades y a lo grande?... y puestos a preguntar, ¿cuántos servicios hospitalarios —y no sólo hostelerías o cáterins— se han ido segregando en los últimos treinta años para que hoy los resuelva alguna empresa privada que sin duda habrá obtenido en concurso ese disputado contrato?... o quizá no. Me indican aquí que la Sanidad madrileña es la que más enseña la patita en todo esto, en entreverar lo público con clínicas privadas en contratos de influencia por ser novio o afiliao o del cordón o el del trombón de la Pasión o un Borbón primo lejano.

Las horas de hospital son las más largas del mundo. No pasan. El sueño no es sueño, son ratos. Malos ratos. Duele todo. Y todo es una noria de ruidos... en la cama de al lado, en el pasillo, en las visitas... pero se enciende la tele y ¡milagro!, se aplaca la cháchara o cesa y sólo queda un ruido. Pero tienes que sacar unas monedas y echárselas a la hucha del culto... cuando el único inculto eres tú.

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