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León vuelve a probar su fuerza en la calle. Cinco años después de la histórica movilización que puso a la provincia y al leonesismo secesionista en el mapa de España, los sindicatos, respaldados por 60 organizaciones sociales y políticas, tocan a rebato por una provincia que languidece con pequeñas luces en el horizonte.

Nunca sabremos lo que habría ocurrido si la pandemia de covid no se hubiera aliado, macabramente, con el olvido político de una provincia que ha sido motor de la industrialización de España con un sacrificio enorme de territorios y gentes llegadas en aluvión a aquellas negras cuencas mineras. Tan negras que ni siquiera eran visibles como productoras de carbón.

Fuimos testigos, con mascarilla y a cara descubierta, de la resistencia de los políticos locales, autonómicos y del Gobierno central a tomar en serio la necesidad de ponerse a remar en común en un plan para paliar una debacle anunciada. La Mesa por León fue la imagen del fracaso de la petulancia del poder.

Cinco años después, y una dana de por medio, vendrán las comparaciones de números y banderas. Veremos desfilar a los mismos que niegan la mayor y a los que creen que no haber intervenido en una desindustrialización salvaje de la provincia, porque aún tenían dientes de leche, eximen a sus partidos de la responsabilidad de lo que hicieron mal y de lo que no hicieron.

La reconversión del carbón se fraguó en el hotel Palace de Madrid en el otoño de 1986. Tuve en mis manos el documento del Nuevo Sistema de Contratación de Carbón Térmico que fue el primero de un fin de inevitable. Luego vinieron casi tres décadas de agonía. A cada cual peor. Y no se hizo nada. Bueno, sí. Se derrocharon millones de pesetas, primero, y de euros, después, en obras sin contenido y se trató de dar salida a la juventud con pasaportes de ida pero no de vuelta.

Quedó tierra quemada sobre la que hoy florecen reservas de la Biosfera, parques naturales, un título Sipam, proyectos turísticos y de salvación del patrimonio minero y algunos emprendedores y emprendedoras tan valientes que se merecen un monumento por no rendirse.

Quedó un inmenso y vacío territorio para la especulación con las llamadas energías limpias. Del negro al verde pero sin los empleos de la mina. León tiene recursos a raudales. El peligro es que una vez más sean expropiados por las grandes corporaciones mientras la despoblación se apodera de su paisaje. Una provincia que desde los años 60 no ha dejado de exportar juventud y talento a los focos industriales y culturales lo tiene muy difícil para revertir, por sí sola, una tendencia enquistada.

¿La autonomía leonesa es la única salida? El mastodonte centralista ha anulado recursos y capacidad de decisión. Pero hace falta mucho más para que León coja oxígeno. La ecuación del futuro pasa por descentralización y una nueva economía que dignifique los oficios manuales y los cuidados. Y a las personas que los sostienen. Un nuevo paradigma difícil de ver en una pancarta.