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Trepidación se sirve hoy en los despachos de Valladolid y Madrid donde el baranda de turno pide otro café aterrado por la multitudinaria y contundente manifestación que ayer puso en las calles de esta ciudad a 8.000 cazurros según la policía (picando alto; después corrigieron a la orden con 13.000) o 50.000 según algún medio delirante; otros hablan de «decenas de miles» para que el entusiasta pueda poner que 80.000 voces clamaron por el futuro de esta tierra. Pero la mani, así en diminutivo, convocada por las organizaciones sindicales y respaldada por más de cincuenta asociaciones, organizaciones y partidos (con que sólo hubieran acudido sus cuñados la cifra debió ser mucho mayor), la están viendo en esas lejanías como un fracaso y con la sonrisa cínica de algún ministro que se traduciría por un «que les den pol culo sopas», dadas las expectativas que se habían fijado y el hartazgo definitivo que en teoría impulsaba su convocatoria. Y las declaraciones de los convocantes, partidos y líderes que se sumaron oportunistamente al clamor «porque había que estar ahí» han sido tan tópicas y melifluas, que valdrían lo mismo para Jaén, Guadalajara, Teruel o Soria, faltándoles concrección y rugido en su exposición y reivindicación. Sobró retórica grandona, sobre todo en una pancarta de tapar la calle aclarando a la nación entera que, si no fuera por los leoneses, serían nada, carajo: «Sin León no hubiera España». Cosas así no se las toman muy bien los españoles. Y faltó resolución persuasiva, objetivo diáfano, algo que ya rezaba el lema de la convocatoria, «Más soluciones y menos cuentos» (hurra por el genio que la parió), porque habrá que preguntarse si esas soluciones ya se las fijan aquí por conocer los males del «enfermo terminal» y su remedio concreto o hay que esperar a que las sugiera Madrid o Pucela. Por lo demás, llamarles cuentistas no parece invitarles a que nos presten alguna atención. Eso sí, la cosa sirvió para que los diferentes leonesismos pescaran en riachuelo revuelto apropiándose del bulto y el ruido con su solución autonomista que tan largo fían. Peláez, en fin, echó un reojo malicioso y sólo dijo «pedo de monja».