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El 16-F empezó hace seis días, y de momento sigue anclado en una pancarta. El reto no era sólo (que lo era) la movilización, sino qué pasará después. Cómo va a conseguir la provincia ese plan de inversión pública de emergencia, esos mil millones de euros de deuda eterna que los sindicatos convocantes resumieron bajo el lema Más soluciones, menos cuentos. Quienes tienen que poner sobre la mesa ese compromiso económico y la voluntad política de ejecutarlo se miran de reojo, como hacían antes de la manifestación, y guardan silencio. Mal síntoma.

A la exhibición pública en la protesta se apuntaron casi todos. La mayoría con tibieza, como por compromiso. Sopesando si les saldría más caro acudir (que no necesariamente dar la cara) o hacer mutis. Una preocupante indolencia que seguro que no responde a la falta de convencimiento de la justicia de las exigencias planteadas, sino a la ausencia de un compromiso real que ofrecer.

Pasan los días y poco nuevo hay que destacar. A parte del más que previsible paseo para sacar pecho de los leonesismos todos, apuntándose el tanto de un lamento que va mucho más allá de las pretensiones autonomistas, y que involucra y preocupa a todos los ciudadanos de la provincia. Perplejos en buena parte por la pelea por la bandera de ver quién va más allá en las reivindicaciones de un nuevo marco autonómico, desdobladas a su vez en El Bierzo, en una cascada de descentralización y demandas que, a base de volcarse en los microombliguismos, corre peligro de acabar perdiendo parte de su sentido.

Lo difícil del ejercicio de levantar la voz de una provincia en claro declive comienza ahora, cuando los compromisos inversores han de empezar a plasmarse en proyectos y presupuestos que, aunque sea por una vez, logren ejecutarse y convertirse en realidad. Y se vuelvan motor de desarrollo. De momento en estos primeros días del futuro de León no ha habido político o administración que se haya remangado para tomar iniciativa alguna, más allá de torpes intercambios de insultos que adelantan muy poco bueno de lo que pueda pasar. Tampoco el empresariado o el resto de la sociedad parece interesado en darse por aludido. León espera. ¿Pero qué?