Diario de León

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Nos tiene asombrado el fenómeno Trump. A usted, a mí, a ti y supongo que a aquella del fondo que no dejáis de mirar. Cómo no. Que un payaso con corbatas más largas que las de Luis Aguilé y más cagasentencias que Maduro tenga encandilado a medio mundo y aterrado al resto, ¿no es asombroso?... Y le diremos payaso, que lo borda, pero también comenzamos riéndonos de Ronald Reagan cuando pasó de actor secundario a la alta política y al final todos hablan bien de sus dos mandatos. Lo suyo fue una sorpresa. Así que ahora sólo hay averiguar qué sorpresas nos tendrá preparadas el megalómano Trump en su caja dorada de truenos y destellos. Es por apretar esfínteres y prepararnos. Dice Raúl del Pozo que «de Trump se ha dicho de todo, incluso cosas exageradas, y se ha escrito que, como no tiene ideología, abusa del populismo»... y se pregunta Peláez qué cosa exacta es el populismo... pues algo sencillo y fácil, le respondió Sócrates: darle al pueblo cabreado razones para cabrearse más... y ofrecerle monigotes para que los apedreen en un pimpampún de mucha estremecedura.

Sin embargo, lo hábil de Trump es precisamente no tener ideología. Le valen en cada caso todas las que convengan a su tono de histrión bronco o humillante (tiene equipazo que le susurra a la oreja y analistas al minuto para saber por dónde interesa que vaya la próxima astracanada). Y dirá él ¿para qué una ideología si estoy encandilando a gente harta de ideologías que me aplaude la estaca, la contraley y los dólares lloviendo?... ¡más madera, más aranceles!... Pero el problema no es tanto de Trump como de los abducidos líderes que le imitan y, más que nadie, de los seguidores fascinados por los brillos de la «edad dorada» que no deja de prometer con su éxodo de emigrantes, su patriotismo peliculero, su economía salvaje, su armarse hasta los dientes para el mordisco explosivo, su supremacismo racista, su simpleza de «esto lo arreglo yo en dos días y sólo estamos empezando», su gobernar excluyente, su insolencia de matón de patio, su alianza mercader con los más cabrones del planeta... y sus corbatas.

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