CORNADA DE LOBO
Bonitamente
Me columpié de cabo a rabo. Pero bonitamente, creo. Quise ver en la muerte de Gene Hackman y Betsy Arakawa un eco de tragedia griega que el amor rubricaba con la inmolación final de ella («you will never walk alone, amor, por ti me mato») pero, en contra de lo que suele decirse, la realidad no necesita superar a la ficción para hacerse incomprensible; la ficción sólo sirve para ennoblecerla o denigrarla y así enmascarar la vulgaridad de la vida o la naturaleza desnuda de las cosas. No hubo tragedia griega en esas dos muertes. Ya conoce el lector el informe policial: ella murió en el cuarto de baño por un colapso pulmonar contagiada por un hantavirus procedente de heces de ratón, minúscula y letal cagarrutita... y él muere seis días después de un fallo cardiaco en el salón de la vivienda ayudado por el alzheimer que ya le galopaba y por la desatención, sin comida ni pastillero, sin saber qué hacer porque su cabeza sólo es una jaula de pájaros negros revoloteando en nieblas. No hay más. Pero sí menos, porque no hay nadie más allí. Ni antes ni después. La soledad absoluta gobierna sus pasos en una casa ideal con buena finca y las Rocosas al fondo. ¿No tienen servicio diario?... ¿ni una mucama al menos que atienda cocina y limpieza?... ¿ni personal sanitario que cuide o esté pendiente?... ¿sólo algún personal de mantenimiento que iba muy de cuando en vez?... Nadie. Ellos solos y sus tres perros, absolutamente solos, bastante raro con 90 millones en el banco, aunque desparasitándose, eso sí, de gentes interesadas o de buitres en espera. Y ahora sí que la ficción querrá reconstruir escenarios y una situación entre paradójica e insólita... ¡ten tres hijos para un final así!... ¡ten un continuado aplauso universal para morir en un silencio de sala con todas las butacas vacías!... ¡tenlo todo y vete sin nada ni nadie!, ni besos ni adioses ni lágrimas, aunque sea cierto que cada cual encara la muerte siempre solo... pero no de esta forma... o quizá sí, porque también habrá quien no quiera dar fatiga o pena a los cercanos y alegrón a los lejanos eligiendo un retirarse sigiloso, también modo elegante y digno de hacerlo... bonitamente.