LEÓN EN VERSO
La hora de los planetas
Ya no os acordáis de cuando el precio de la luz estaba por las nubes porque no llovía. La memoria traiciona e idealiza los recuerdos. De la televisión italiana que esparcía la miseria del frío, que donde se persigue a los lugareños como que fueran traficantes del Golfo de México por esconder el carné de las gallinas, se combatía a base de troncos en la horneja, mientras se entretenía la espera de la cena a base de la sintonía de la radio nacional que permitían pasar los pitos de las señales horarias, con el permiso del martilleo machacón del pájaro carpintero de los espías de la URSS, que dejaba la línea hueca, como que al otro lado del cable sólo quedara el tam tam del agua en los canalones. Siempre nos tuvieron controlados; por eso, los rosarios dolorosos de cuaresma se dedicaban a rogar por la conversión de Francia y por la de Rusia, como que al alejar el foco de los problemas, los nuestros resultaran cosa menor. Siempre fuimos los leoneses un pueblo piadoso y entregado al bien; los breviarios nos dieron la proyección de las soluciones universales que nos privó la inalcanzable lectura de la Odisea; en ese vasto territorio que vive al margen del dinero que sueltan a espuertas las administraciones causa risa cuando hoy se escucha hablar de servicios básicos; a nosotros, que nos hizo la vida sin un puto autobús; si el analgésico de cabecera era el optalidón y las muelas se serenaban con un algodón empapado en orujo, calibrado por la intensidad de las burbujas que cedían al caer del garrafón. Esto haría hiperventilar a la de Sanidad, mientras cierra el grifo de la cerveza a los padres en edad de crianza. A los diez años, sabías de la vida casi todo lo que ahora te filtra tik-tok por el algoritmo de los chinos, aliados del sanchismo. La hora del planeta se repetía un par de veces por semana, siempre que algún motor eléctrico secaba la tensión y las bombillas de sesenta temblaban como celtas a punto de la última chupada. Igual, ese episodio se hace otra vez frecuente como a los ministros que dejan a oscuras el despacho con sólo chascar las manos se les ocurra cerrar la nuclear, por la ley de que nos quitaron el carbón igual que nos quedamos sin abuela.