cuerpo a tierra
Un hurra por ellos
Se dice mucho que la política local es sobre todo gestión, pero convendría tener claro lo que significa esta palabra. Básicamente, consiste en conseguir que la vida pública de los gobernados sea fácil. Que las diligencias imprescindibles sean sencillas, que la movilidad urbana resulte fluida y que las calles estén limpias e iluminadas. Son tareas que suponen un sinfín de pequeñas faenas que pueden pasar desapercibidas, pero que cualquiera que lleve su propia casa puede imaginar, multiplicadas por mucho en el caso de esa casa de todos los ciudadanos que es un ayuntamiento. Por eso no podemos evitar que nuestra primera reacción hacia quienes llevan a sus espaldas el duro mandato de gestionar tan ímproba tarea sea una humana empatía. Sus sentimientos son los nuestros, sus dificultades las de todos. Nuestra comprensión tiende a infinito.
Por ese motivo, cuando se eleva alguna crítica o se enarbola la bandera de la ironía o el sarcasmo hacia alguna de las acciones que emprenden nuestros concejales, una blanda irritación nos invade. Y nos preguntamos: ¿se habrá puesto en su lugar esa persona que hace objeto de su chanza al probo y esforzado y nunca lo bastante ponderado servidor público? Y nos respondemos que seguramente no. Es fácil criticar; mucho más fácil que construir es demoler; requiere menos esfuerzo soplar sobre la choza de paja y elevarla por los aires que plantar sus cimientos, por endebles que sean. Nosotros mismos alguna vez hemos pertenecido a esa alevosa tribu indignada que ha sacado a pasear su inconformidad hacia legislaciones que consideramos de otro siglo, aunque no siempre fuera futuro; hacia obras que juzgamos caprichosas o arbitrarias y hasta tarambanas, por desconocimiento de los sólidos andamios que existían detrás de ellas; hacia actuaciones concretas que parecían condenadas al fracaso, cuando en realidad eran etapas insertas en un plan mayor, de tan ancho aliento que acaso algún día conocerán y estarán en disposición de valorar, mejor que los presentes, las generaciones que nos sucedan. No todo es lo que aparenta ser cuando de las cosas de palacio se trata. Por eso, ya que ayer fue el día de las inocentadas en media Europa, no podemos menos que declarar hoy nuestro agradecimiento hacia esos políticos a veces injustamente tratados incluso por nuestra pluma. Si dispusiéramos de una copa, ahora la alzaríamos para brindar en su memoria, gritando a los cuatro vientos a todo pulmón un enorme «hurra por ellos».