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Aquella noche de agosto, Víctor Manuel inundó de sollozos una villa leonesa cuando se detuvo en la planta 14 para cerrar la actuación de las fiestas patronales. Qué clase de poeta sería Víctor Manuel si tuviera que explicar esa elegía al dolor; por desgracia, por eso llora la gente al escuchar los acordes, por los mineros que no volvieron a casa, no hace falta ampliar en León ningún detalle del relato, brillante crónica de la tragedia, una crónica exacta, una crónica cercana con las víctimas, una crónica social sobre el boquete que se abre en el alma cuando tu padre no vuelve del tajo al que entró a picar y tragar carbón a paladas para llevar pan a la mesa y expectativas al hogar. Fue normal que, tras la sensación pasajera a los 18, cuando parecía que no ibas a gastar la primera paga de ayudante picador, el plan de futuro pasaba por evitar a toda costa que avisaran a tu madre de que la detonación de mediodía que retumbó en todo el valle no era un estéril. Así filtró la mina la fina línea que separa la vida de la muerte. Años del, yo, aquí no quedo, a años de tajo mientras la galería mimetizó el recodo de los huesos, articulaciones y alvéolos, para domar la curvatura vital a gusto de la veta de antracita, para recordar al que subsiste que en los valles de la mitad norte de León escaseaban las alternativas: o enterrar dentro o arrastrar la salud marcada al fuego del carbón. Ahora, con los cinco de Cerredo de cuerpo presente, como con los seis de Tabliza, los 14 de San Nicolás, como con los 14 de Casetas, con el tanatorio de la planta 14 abierto en canal, salen los cínicos a pasear después del pésame; los menos, recuerdan aquellas tertulias en las que incriminaron al minero jubilado con 45; los más, se jactan de que hasta con el cierre, nos engañaron con las minas. Descubran la cabeza, y en posición de firmes, al paso de la comitiva fúnebre, guarden respeto a los muertos; se lo debemos, como leoneses con los que compartimos el suelo y el cielo de este valle de lágrimas. Se lo debemos, por el ruego desatendido del padre que esperaba que le devolvieran el cuerpo del hijo de los escombros del pozo Emilio del Valle: cierren la mina de una puta vez.