cuarto creciente
La mina era esto
La mina también era esto. Dolor y rabia. Pero se nos había olvidado.
Nos habíamos acostumbrado a que, como ya no quedaban minas abiertas en la provincia de León, tampoco tendríamos que llorar a más mineros muertos. Como no se extraía carbón de las cuencas, tampoco se producirían accidentes serios. Ya no habría vagonetas descarriladas. Ni derrabes de antracita. Ni caídas de costeros. Ni explosiones de grisú. Eso era de otro tiempo.
La mina era un eco. Un dolor callado, si acaso. Y mucha nostalgia.
La mina eran fotos viejas. Galerías cerradas. Castilletes de hierro oxidado. Lavaderos secos. La mina eran filtraciones de agua contaminada. Escombreras en fase de restauración con fondos europeos en los montes del Bierzo Alto y de la cuenca de Fabero porque los empresarios mineros no dejaron suficientes avales en la administración. La mina era agua pasada, sí. Cicatrices en la montaña.
Y también era esto. Muerte y desamparo. Y mucha frustración.
Pensábamos que nunca más volveríamos a ver imágenes tan tristes; una madre, una esposa, unos amigos, desolados en la boca de una mina mientras esperan a que saquen los cuerpos de sus hijos, de sus maridos, de sus compañeros del interior de una galería; aquella canción de Victor Manuel sobre la planta catorce, que siempre pone los pelos de punta.
Y de repente lo vemos de nuevo. Lo vemos en Cerredo, Asturias, donde han muerto cinco mineros de Laciana y del Bierzo debido al grisú. Y nos damos cuenta de que la mina también era esto.
Es verdad que no ya se extrae carbón, ¿no?, ahora se investigan aplicaciones del grafito. Pero la mina, se extraiga lo que se extraiga, vaya donde vaya lo que salga de la montaña, sigue siendo «un ser vivo» y se comporta como tal. No te puedes fiar. No se puede bajar nunca la guardia.
Lo recuerda Faustino Blanco, que hace treinta y seis años fue uno de los fundadores de la Mina Escuela del Bierzo, después de escribir palabras de consuelo a la familia de David Álvarez —el minero de 33 años de Torre fallecido en Cerredo— en el libro de condolencias que el martes, horas antes de su funeral, estaba abierto en el tanatorio de Bembibre. «Hay que ventilar todo muy bien, antes de empezar a trabajar», dice. Porque la mina se cobra sus peajes.
Y porque la mina también era esto. Una inmensa desolación. Un dolor que cala muy dentro. Que no se nos vuelva a olvidar.