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Sin ningún tipo de hipérbole, los ocho mil millones de personas que ya habitamos la Tierra seguramente conformamos las generaciones humanas que peores alimentos han ingerido en una historia que ya tiene varios millones de años. No se salvan ni las elites. La dieta paleolítica, que ahora siguen algunos deportistas, es una añoranza no de tiempos mejores, ni de proteínas, carnes rojas a la parrilla y cantalupo, sino de fuerza y velocidad, como si ingerir cuatro mil calorías al día lo convirtieran a uno en neandertal. A ese régimen para adquirir musculatura le faltan claramente cosas, como la amenaza permanente de unos tigres diente de sable a la vuelta de la esquina y las temperaturas propias de una severa glaciación. El gimnasio no sustituye ni de lejos a la sabana.

Comemos más, pero peor. La necesidad de producir alimentos para tamaña tropa ha obligado a aguzar el ingenio y ya casi no es noticia que la onu —esa institución que expende recomendaciones dadaístas— e incluso Europa, ante previsibles horizontes de escasez, aconseje implementar nuestras dietas futuras con insectos, que abundan y es la resurrección de la vieja política de hacer de la necesidad virtud. Berzas del campo y hasta gatos cuentan que se llegaron a comer durante nuestra guerra íntima. Los canónigos, que toda la vida se echaron a los conejos, uno ya los ha visto servidos en ensalada en su mesa de Nochebuena. Y no es ni de lejos lo peor: de forma habitual, ingerimos cosas de las que no sabemos apenas más que su apariencia y trazabilidad: a lo que se parecen y dónde fueron producidas. Se han enriquecido con químicos para su conservación y gracias a ello logran mantenerse comestibles unas horas fuera del lineal del supermercado. No es ya que los tomates sean de incubadora —léase invernadero—, sino que, para que lleguen brillantes e insípidos a su mesa, pero inmarcesibles, los gasean como al resto de las frutas con componentes que cortan de raíz su proceso natural de maduración. Terminamos comiendo vegetales inmaduros, que en otro tiempo así habrían sido considerados, y todo esto sin entrar siquiera en la manipulación biológica, en el origen de la genética de las semillas patentadas. Quien alcanzase a probar la leche recién ordeñada de una vaca, o la que se vendía ya algo aguada por las casas, dudo mucho que llame leche a lo que viene en la mayoría de los cartones.