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Tiendo al sedentarismo y no disfruto haciendo maletas, ni deshaciéndolas. En cambio, soy admirador de la literatura de viajes de Gabriel Quindós Martín-Granizo. Acaba de publicar La belleza de viajar (Eolas). En términos de formato y de extensión, un librín; pero su grandeza está dentro, en ser mapamundi de la vida. Si repaso mis subrayados me admiro de los territorios que me ha hecho recorrer su lectura, sin necesidad de nombrármelos. No incluye listas de restaurantes o anecdotario, tampoco nombres, ni bucolismo… pero estas páginas contienen tantas enseñanzas como si sentado con Odiseo te fuera desmontando todos tus tópicos acerca de los viajes, para, finalmente, concluir con una sonrisa de desapego: «bueno, no me hagas mucho caso…». Sin pretenderlo, ha escrito un credo. Y solo en apariencia para incrédulos. Ni halaga, si se halaga. No ha escrito con la pluma, sino a golpes de machete crítico, un autoexamen que asombra por su franqueza; también, por la bondad agazapada en los párrafos, hasta que cae por sorpresa sobre ti.

Él suele ironizar sobre sus pocos lectores; a quienes lo somos, nos cuesta entender que sea así, pues le tenemos entre los mejores, aunque también hay un placer secreto en adentrarnos en sus libros sabiendo que son hoteles en calles poco transitadas, y en los que siempre encontrarás habitación. Nos estaban esperando.

El final del credo de un viajero no puede consistir simplemente en acabarse. El machete nos abre paso en la maleza, pero esta somos todos. ¿Es honrado viajar por placer cuando otros mueren atravesando por necesidad mares o desiertos? ¿Es obsceno deleitarse en el silencio de los paraísos mientras países son arrasados por la guerra o las hambrunas? Pero Gabriel nunca podrá ser un escéptico total, ni las dolorosas verdades se le impondrán a la ternura que lleva tatuada en los apellidos. «Bajo un firmamento azul y lejano te sentiste bienaventurado», escribe.

Y como en sus anteriores libros de viaje, volé con mi imaginación hasta la remota Polinesia, al archipiélago de Samoa, y allí brindé con el espíritu de Robert Louis Stevenson, a la salud de nuestro buen viajero bueno. Un libro hotel al que regresaré. Gracias, Gabriel, por viajar y contárnoslo.