Diario de León

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Estaba en Bembibre después de la medianoche. Sin luz. Sin datos móviles. Sin cobertura. En la radio del coche hablaban los locutores de un programa especial sobre el apagón. Y la localidad se encontraba a oscuras y en silencio, como buena parte del Bierzo.

A esas horas de la madrugada, Bembibre parecía una masa negra, ominosa, de la que podía emerger la peor de las amenazas, que siempre es aquella que no se ve, la que uno se imagina; Bembibre parecía un pueblo borrado por la oscuridad que todavía tenía por delante varias horas hasta que el amanecer despejara cualquier peligro, real o soñado. De vez en cuando, la luz solitaria de algún automóvil irrumpía en el viaducto de la N-VI, o el de la Autovía del Noroeste. Como cometas esquivos.

Y cuando apagué el motor, retiré la llave del contacto y salí del coche, me envolvió la misma oscuridad.

Ni una farola encendida. Ninguna ventana iluminada. Si acaso, alguna vela prendida todavía, detrás de unas cortinas, detrás de unas persianas.

Levanté la cabeza, sugestionado, y sin ningun estorbo, observé la boveda del cielo, convertida en un mantel de estrellas. No eran azules, como en aquel poema de Pablo Neruda. Ni tiritaban a lo lejos. De hecho, me parecieron puntitos de nieve inmóviles en todo lo alto. Como si estuviera a punto de nevar.

Solo era sugestión, sin duda, la sensación de vivir algo que ya había vivido, la frustración de no saber nada de nadie, pero me pareció que una de las estrellas se movía, como un meteoro. Como un meteoro. Y supe enseguida que aquel brillo fugaz no pertenecía a ningún asteroide a punto de caer sobre la Tierra. Era más bien un destello de Pereira, seguro, un guiño socarrón del poeta de Villafranca del Bierzo, que sostiene en un verso inmortal que el pudor es un meteoro. Como la lluvia, el viento y el fuego de santelmo. Y que no hay nada más impredecible que el pudor. Ni las energías renovables, ni las centrales nucleares, ni los saltos de agua, ni siquiera todos los meteoros juntos.

Para cuando entré en la casa, a oscuras, dispuesto a dormir unas horas, había dejado de preocuparme por el fin del mundo.

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