TRIBUNA
El Papa que necesita el mundo
En mi humilde opinión, la Iglesia Católica Apostólica y Romana, con más de mil cuatrocientos fieles bautizados, necesita encontrar un Papa con un perfil específico para estos tiempos. Y, como autoridad moral que es, el mundo también.
I signori cardinali tienen la difícil tarea de entronizar en Roma a un nuevo líder, más espiritual que político. Y creo que deberían empezar por buscar un sumo pontífice que prosiga con la apertura de la Iglesia que comenzó en el Concilio Vaticano II, continuaron otros como San Juan Pablo II hacia el mundo y la juventud, Benedicto XVI hacia el intelecto y la razón, hasta llegar a Francisco que la orientó hacia las periferias sociales. La inercia de esta iglesia sinodal, cuyo último motor ha sido Francisco es esa, y quien no lo vea no puede ser Papa. Ni tan siquiera debería ser elector. Necesitamos una Iglesia sinodal y sinuidal que vaya oscilando, lenta e inexorablemente, sobre el eje del Evangelio, a fin de adaptar su mensaje a estos tiempos definidos por el constante cambio y la falta de referencias sólidas. No creo que existan pontífices conservadores ni progresistas. Desde el concilio, todos han ponderado la tradición recibida e interpretado los signos de los tiempos, buscando honestamente la mejor forma de hacer llegar a los corazones el mensaje más importante de la historia universal: Cristo ha muerto por ti y ha resucitado para ti. Cada nuevo Papa ha encontrado un legado previo y un mundo totalmente diferente. Las respuestas no pueden, por tanto, ser las mismas. Solemos pensar que la Iglesia no cambia nunca, que es imperturbable en su doctrina y en su tradición. Incluso pensamos que no escucha al pueblo. Craso error. La Iglesia está en permanente escucha al pueblo y en constante adaptación de la tradición. Pero como sucede con el crecimiento de los árboles centenarios, no somos capaces de observarlo si no nos fijamos cuidadosamente, cosa que no hacemos. Mas bien no lo queremos hacer. Sus detractores trasnochados ignoran los cambios porque prefieren oponerse radicalmente a su mensaje, sea cual sea. Los paladines del relativismo moral y la cultura woke, evitan ver los avances porque prefieren la autorreferencia victimista. Cierto es que parte de culpa la tenemos los que nos sentimos Iglesia, ya que muchas veces seguimos dando respuestas de púlpitos preconciliares sin molestarnos en buscar ese mensaje ya actualizado de la Iglesia. Y luego está la inmensa mayoría de alejados, aquellos que se han quedado atrás porque no han encontrado sitio en las bancadas de la barca católica. Estos, unas veces por pereza y otras por sus heridas espirituales o carnales, tampoco tienen tiempo de pararse a escuchar crecer la hierba. Y sin embargo la hierba y los árboles que conforman el inmenso bosque de la Iglesia Católica sigue creciendo, adaptándose a los tiempos de forma lenta e inexorable sin grandes revoluciones, porque su semilla fue la mayor revolución de todas: Un galileo que enseñaba a amar por las aldeas más humildes del imperio romano, crucificado y resucitado. No hacen falta más revoluciones, sólo seguir por ese camino: autoridad en la palabra y amor en los actos. Y aquí es donde tienen ahora que decidir sus eminencias reverendísimas. Han de encontrar un Papa que tenga autoridad sobre el colegio cardenalicio, obispos, órdenes, movimientos y cofradías para mantener la unidad de la Iglesia. Francisco ha tenido que lidiar con dos grandes problemas de amenazante cisma, uno en Estados Unidos por parte de obispos tradicionalistas y otro en Alemania por parte de otros más reformistas. El vacío espiritual y de poder que provoca la pascua personal de Francisco se verá como una oportunidad de presión por parte de unos y otros. Es por esto que la primera cualidad que debe tener el nuevo Papa es ser madre. Una madre de voz sedosa pero inmensa autoridad que cuida y corrige amorosa pero implacablemente de sus hijos. La sencillez y carisma de Francisco, pareciera haber provocado en algunos una loca disociación entre el hombre y el cargo. Su forma de mostrarse como un hombre más, como un pecador más, ha sido malinterpretada por muchos como un rechazo al ministerio
Munus Petrinum. Para muchos ahora es posible respetar a Francisco pero aborrecer la autoridad del Papa. Por otra parte, los 135 electores deberán encontrar a alguien que continue abriendo las estructuras de decisión a los laicos, avanzando en un camino sinodal que no tiene retorno. La segunda cualidad debe ser una persona
tradicional-reformista, un conservador del cambio, alguien capaz de decir misa y repicar las campanas, vamos. La falta de vocaciones al ministerio sacerdotal bien podría ser un tirón de orejas del Espíritu advirtiendo de la necesidad de que en esa Iglesia en salida que anunciaba Francisco debemos salir todos los bautizados. Una Iglesia en salida que también Bergoglio dibujó como hospital de campaña, anticipando semánticamente el mundo de preguerra que empezamos a vivir ahora en Europa. Un líder que escuche a sus fieles haciendo caso de ese refrán que dice «el Papa y un campesino saben más que el Papa solo». Tampoco podemos olvidar que el obispo de Roma es un Jefe de Estado, y su labor geopolítica es necesaria e incluso inevitable. Así lo hizo San Juan Pablo II en su lucha contra el mayor mal del siglo XX. Por eso, otra cualidad que necesitamos es que sea activo en la geopolítica, pero alejado de las ideologías políticas. Firme en la defensa de la justicia y los derechos humanos pero neutro ideológicamente. Vivimos tiempos de polarización que interpreta las declaraciones políticas en términos extremistas. Un ejemplo. Francisco se mostró hostil hacia el capitalismo salvaje que solo busca el beneficio económico. Unos lo interpretaron como una crítica clarísima del liberalismo por parte de un comunista; otros como un apoyo total a las políticas de socialismo y comunismo radical. Unos y otros lo trataron de comunista, cuando Francisco fue todo lo contrario a un comunista. Siempre vio a las personas como hijos de Dios sufrientes y no como meros proletarios oprimidos. Su visión del ser humano fue muchísimo más amplia. Era un padre, no un liberado sindical. Era un líder que respetaba la libertad de las personas, no un visionario de la dictadura del proletariado. Nos alertó de ese capitalismo sin corazón del que todos participamos cuando compramos una camiseta fabricada por niños esclavos en Asia. Friedrich Hayek decía que el liberalismo es la única política compatible con la religión al ser la única que apuesta por la libertad total de las personas y respeta sus creencias. Es más, Hayek confiaba en que las personas son las que tienen que poner corazón a la economía por libre convencimiento y no por obligación estatal. Cristianismo y Liberalismo comparten un mismo cimiento: La dignidad y libertad del ser humano. Francisco nos interpelaba a poner nuestro libre corazón en nuestras decisiones cotidianas, desde comprar un pantalón a tener un hijo. Y del mismo modo nos llamaba a trabajar por la paz, empezando en nuestra casa, pidiendo perdón y permiso desde el agradecimiento doméstico. El cónclave tendrá que elegir un nuevo Papa con la cualidad de seguir interpelando a nuestro corazón. Y tendrá que hacerlo sin matices ideológicos que puedan distorsionar su mensaje. Por último, necesita un hombre joven, con fuerza y recorrido, que no esté sobrepasado por la era digital, sino dentro de la misma. Que tenga experiencia con los jóvenes y con el amplio mundo. Que sepa lo que es dirigir una familia a nivel mundial. Aquí concluyo mi favorito, que será el de muchos de ustedes: D. Ángel Fernández Artime. Un asturiano medio leonés. Siendo yo un rapaz, y él un joven cura, le observé bailar en una boda adaptándose al momento y lugar en el que estaba, celebrando la vida con la alegría del Evangelio. Sin miedo. En cualquier caso, la Iglesia necesita sobre todo un pastor. Un pastor con olor a oveja que mantenga la unidad del pueblo de Dios sin excluir a nadie, convierta las almas al evangelio, y lo haga en permanente escucha sinodal. El mundo necesita un líder que nos llegue al corazón con sus palabras y actos, pero evitando que otros se apropien de su mensaje; que sea referente de la moral y la paz en el mundo, respetando la libertad del ser humano. No le arriendo la ganancia al elegido. Rezo para que los cardenales sean dóciles al Espíritu. No les envidio.