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Tenía ya concluida la columna de hoy, sobre la alegría de la amistad; concretamente, acerca de mi amigo Víctor Fuentes, nonagenario y mi guía de vitalismo. Pero una trágica noticia aparece en la pantalla de mi ordenador y me hace aplazarla: el repentino fallecimiento —57 años— de Manuel Carlos Cachafeiro, compañero de redacción y viejo amigo, desde que uno mismo ejercía el periodismo activo. Me sentí alcanzado por un rayo de tristeza. Entonces, me acordé de Susana Vergara, su amiga y la primera persona en creer en sus excepcionales cualidades periodísticas. Amigos, pero sin amiguismos; es decir, para trabajar más y mejor; sin compadreo. Amistad verdadera. Lo sé porque, a principios de los noventa, me sentaba junto a ellos. Afligido me pregunté si habrían seguido manteniendo aquella gran amistad, y de ser así cuánto dolor tendría que estar sintiendo Vergara. Entonces, como si los ángeles me hubiesen escuchado, me entró una llamada de ella. El pasado sábado habían conversado acerca de participar en una ruta de senderismo. ¿No son frágiles nuestros planes, incluso los de corto plazo? Sin embargo, que sólido el afecto verdadero. Y qué misterioso, en su sencillez. Lo he escrito ya aquí otras veces: basta un segundo para hacerte amigo de alguien, pero un minuto después lo serás aún más.

Su gran amiga ha escrito un muy bello obituario. Y al saber que le iba a dedicar la columna me pidió por WhatsApp que la escribiese con humor y ternura. Lo siento, redactora jefe, esta vez solo puedo poner ternura, y porque tu conmovedora petición me la inspira. Hoy escribo a golpes de tristeza. Demasiados adioses tempranos, demasiadas amputaciones a nuestra redacción. Mi pésame a los suyos.

Creo recordar que escribí un texto para el programa de mano de su primera exposición de pintura, pues él tenía tantas aficiones que era un enigma andante. Periodista de la mejor escuela. Discreto y simpático, trabajador, inteligente y cariñoso … La vida es de cristal, pero la amistad verdadera — como la de Cacha y Susana— es sólida como una roca y no muere. Lo sé, esto que afirmo es viejo como el mundo, pero hoy me consuela proclamarlo como si fuese una gran noticia, la única que puedo escribir sin romper a llorar.