león en verso
El tren y la era del jabalí blanco
Junto al centro de gravedad permanente, Tozeur pudo ser el primer lugar que descubrimos por Franco Battiato, casi al tiempo que el Kathakali, que es otro escenario del alma que las culturas orientales saben cultivar entre epopeyas y notas musicales. El mapa mundi estaba en las partituras que no sabíamos leer, ciegos de ignorancia, embelesados ante la ventana que un italiano cosmopolita se empeñó en abrir mientras hacía solfeo con las ces que fundía a haches, para que el cine y Alice nos sonaran a vigilia, la Tierra se filtrara por el prisma de los tonos grigio y blu y lontano se pudiera acariciar con la punta de los dedos. Pues Tozeur resultó tan mítico como se podía suponer al escuchar a Battiato recrear el reflejo cálido de un enclave de los pueblos fronterizos que miraban el paso de los trenes, que es otra forma de ver pasar la vida distinta a la que exteriorizan las vacas, con una mirada crónica, casi endémica. Tozeur fue la primera fuga en trenes que no iban a terminar en el norte, sin billete de vuelta, porque de los oasis de la introspectiva que linda con el desierto no hay retorno, por mucho que el billete sea de confort y llames para ajustar la hora de forma insistente a la línea hueca de Chamartín. Ya hay trenes que circulan más despacio que los de Tozeur, sobre el legado impagable de Battiato, profeta de los ejercicios espirituales que cuarenta años después obligan a Españita a mirar las estrellas al raso, junto al AVE varado en mitad de la estepa, desierto fronterizo de las ocho mil hectáreas del palmeral de Tozeur. Ahí estaba la prescripción de Battiato, en otra pieza, a distinta velocidad, en esa interconexión que sólo los poetas brillantes interpretan con la solvencia de los eremitas que renuncian a sí. Ya, si entramos en la stagione dell’amore, no va a haber Dios que lo arregle; el hoyo anímico al viajero, digo, porque lo de la catenaria es pura cuestión de mantenimiento, aunque sea figurada. Al Gobierno le traería más a cuenta amenizar el próximo caos con acordes de Battiato que con un bolo de los Morancos. Y que entre ridículas excusas, suene de fondo el Cucurrucucú, paloma y la era del cinghiale bianco.