AL TRASLUZ

Eduardo Aguirre

Con elegancia espiritual

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Ayer conmemoramos el aniversario de la rendición de Breda. ¿Lo habríamos hecho si Velázquez no inmortaliza aquella victoria en una obra maestra de la pintura? Casi siempre, las guerras del pasado lejano solo «permanecen» si unos pinceles o unos versos las han convertido en mucho más de lo que fueron. Troya fue, es y será porque la cantó Homero. Ortega argumentó que Las Lanzas o La rendición de Breda es el cuadro que mejor simboliza la caballerosidad española, cuando está no son solo formas externas. Se refería al gesto de la mano con el que Ambrosio Spínola le pide al embajador vencido que no se incline ante él. Qué inmensa elegancia espiritual. En el lienzo, hay plasmado no solo un triunfo bélico sino un estilo moral. Toda victoria militar o política ha de conllevar ejemplaridad de conducta. ¿Y hoy? No vivimos una edad de oro de la elegancia espiritual, ni en España ni fuera de ella. Sin embargo, las mejores características de lo humano siguen vivas, pese a que a diario tengamos la tentación de deducir que somos un proyecto fallido. Todavía no hemos sido derrotados del todo: aún nos queda amor, fraternidad y compasión. Me temo que hoy algunos dirigentes, o aspirante a serlo, solo verían en el gesto de Spinola una debilidad. Al enemigo, ni agua. Pero alguien debe tomar la iniciativa en los grandes gestos. Hay muchas formas de vencer, incluso en la derrota. Azaña, en 1938, proclamó en un discurso en Barcelona, que ha pasado a la historia, que alguien tendría que empezar a perdonar y que serían ellos, tras lo que abogó por una nueva política que incluyese paz, piedad y perdón. No hubo ninguna de esas tres pes. Y que diferente —y mejor— hubiese sido nuestra sociedad de haberlas habido. Sigue sin haberlas. «Hablo para todos, incluso para que no quieren oír», dijo en aquel discurso.

Malos tiempos para el mundo, si es que alguna vez los hubo buenos. Algunos siguen negándole agua al enemigo. Pero nuestro corazón colectivo aún no ha sido derrotado; al menos, no definitivamente. La sed compartida nos honra, la compasión es nuestra fuerza. Ucrania y Gaza nos hermanan en el sufrimiento, como también los pobres rehenes sin culpa. Por cierto, en 1639, Breda volvió a ser holandesa. Ah, la historia…