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Hace un par de décadas me tocó hacer 'mili' en la sección de Deportes del Diario. Por razones de reajustes familiares acabé ocupando un hueco en un territorio que inicialmente me resultaba extraño y casi hostil. Pero durante un lustro tuve la oportunidad de conocer las tripas de un mundo que, desde entonces, miro de manera distinta. Tuve el privilegio de presenciar la profesionalidad con la que actúan muchos jugadores, bastantes entrenadores y algunos administradores. Me quedaron muchas enseñanzas, más allá de lo periodístico —que no fue poco— sobre cómo gestionar asuntos que se deciden sobre tres puntales: buena plantilla, unidad y suerte.

En el deporte, la humildad, el sacrificio, el respeto, la competencia o el equipo tienen un singular valor, y suelen ser una buena hoja de ruta. Aunque lo cierto es que tampoco son garantía de nada.

El deporte tiene mucho que ver con la vida real. Y también es un buen espejo de las realidades que vivimos. Quizá por ello me inquieta lo visto este domingo. Por los espumarajos que los odiadores de determinados sectores de la grada española emitieron al ver la victoria de Alcaraz, que desguazó sus predicciones. Y también la felicidad mostrada por otros al ver el fracaso de la selección, aderezados además con componentes de odios derivados de colores de camisetas, e incluso de fronteras y razas. La mofa de un valiente como Morata, que públicamente ha confesado sus fantasmas, arranca la careta a muchos miserables.

La leyenda de que hay que alegrarse de las victorias de cualquier equipo por ser español queda bien para el corte que se emite en el telediario. La realidad siempre ha ido por otro lado, pero con la boca pequeña. Lo peor es que ahora, en esta especie de campo abierto por el que corren los balones en las redes sociales, se ha propiciado un gigantesco altavoz a verdaderos energúmenos, que encima se crecen al verse aplaudidos desde las gradas.

Quizá sea cierto eso que proclaman algunos de que las cosas nunca serán igual, que la fragmentación de la sociedad avanza de manera inquietante e inevitable. Entonces tenemos un problema. Si en la sana competición también surge ese envilecimiento de rabiosos, habrá que mirar hasta dónde han crecido las metástasis de aquellos afanes por sembrar tensión, con pactos segregacionistas y con barreras para señalar al otro, ese que seguro, seguro, nunca tiene razón...