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El Padrón Antivenéreo del Estado de Mezcala no sé si existió en la realidad o solo lo imaginó el mexicano Jorge Ibargüengoitia para su extraordinaria novela «Las muertas», que se abre así: «Algunos de los acontecimientos que aquí se narran son reales. Todos los personajes son imaginarios», aunque según transcurre la lectura se va sospechando que los personajes son más reales que los sucesos, pese a basarse en un hecho de la historia de la Nueva España. El caso es que ese Padrón Antivenéreo se propusieron elaborarlo las autoridades haciendo lo que normalmente mejor se les da, es decir, prohibir, en nombre de dios, la moral o la salud pública. ¿Qué es sólo literatura? A los personajes de otro escritor, Ernst Hemingway, en uno de sus cuentos, el cual transcurre en la Italia fascista, dos muchachas les ofrecen sus encantos junto a un plato de pasta nada más entrar en un amable local que parece una «trattoria». Pronto se explican: «Mussolini ha abolido los burdeles. Esto es un restaurante». Esto sí sabemos que fue historia. Pese a contar con un poder omnímodo, ni el fascismo se atrevió a «abolir» la prostitución, sino que clausuró los prostíbulos.

El poeta del 27 Fernando Villalón se arruinó tratando de obtener toros con ojos verdes y Mao, quien además de poeta fue presidente de China, en su empeño con acabar con los gorriones que mermaban las cosechas de arroz, después de aducir que «las aves son los animales del capitalismo», hubo de importarlos de la Unión Soviética un año después, debido a la hambruna que produjo la medida, al proliferar las plagas de langostas y chinches. Tomar el camino del medio, aunque parezca el más corto, no siempre es lo más conveniente. El derrotero de la prohibición casi siempre trae consecuencias peores. Que se lo pregunten a los norteamericanos que, durante la ley seca, la cual estuvo vigente trece años y se concibió como una actividad patriótica (fue inaugurada con otra máxima rimbombante: «El demonio de la bebida hace testamento. Se cerraron para siempre las puertas del infierno»), vieron cómo aumentó el crimen organizado, se multiplicaron por siete los reclusos de sus cárceles y el mercado negro disparó los precios y rebajó la calidad del alcohol al de un infalible veneno. La medicina de la multa y tentetieso es poco eficaz y abolir, lo que se dice abolir, casi siempre resulta algo totalitario, por demás de inútil.