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Otro León que nos arrebataron fue 13 de agosto en Robledo de la Guzpeña. Días con temblera en las canillas porque san Lorenzo te levantaba de la pradera mientras mirabas embelesado al cielo, y no sabías aún si el pehache filtraría suficiente agua ionizada para soportar el maratón de La Virgen y San Roque, con San Bartolo al fondo, previo paso por los Remedios, cuando el milagro del hielo del vaso que no se funde en toda la noche. El Sol de tu jubilación salía por la Guzpeña; como que no hubiera más allá de esa segunda línea de la cordillera que se acuesta en los balcones del Cea, a fuerza de dar brincos por el valle del Hambre, y deja clarinete que más allá de Villacorta sobra monte para un gran otoño, inevitable a estas alturas del estío justiciero de León, que es despiadado. La Guzpeña es un pretérito imperfecto de la historia moderna de la generación de León que prefirió huir a gatas a claudicar de pie. Cuando el trece de agosto la devoción fiestera llamaba a la feligresía a este festejo multitudinario, nadie supo que iba a unos fastos para honrar el fin de ciclo de una época, de una tendencia, de una forma de vida. A Robledo se llegaba sin instagram y sin eje sub cantábrico, que es lápida que nos pusieron en vida, y sin otra promoción que la de las hojas del calendario en el descuento hacia el último tercio del verano, el chispún, el visto para sentencia. Al salir de Robledo de la Guzpeña ya sabías que la suerte estaba echada. Lo sabían los miles de la hilera infinita del estacionamiento hasta coronar el monte que hace cumbre en tejados a cuatro aguas de una arquitectura envidiable y un escenario de tres pistas y tres barras colocadas a gusto de la alta sociedad. Treinta camareros de León; cubatas, a tres cincuenta; trescientas cincuenta pesetas, monín. Cerveza de barril, a cien. La Panorama City, gratis en Villadangos por Santiago, salió más cara en Almanza. Después de la trilla y con todo el grano en las paneras, es bueno regresar a Robledo, que fue escuela improvisada para el baile de la vida que enseñaba a salir del praderío sin que el rocío embadurnara a la blanca paloma y las J´Hayber. En aquellos 13 de agosto. La Virgen María.