cuarto creciente
Las campanas de San Ignacio
«Un estruendo infernal», es la expresión que utiliza la abogada de un vecino de la avenida de Compostilla de Ponferrada que ha denunciado al Obispado para referirse al sonido de las campanas de la iglesia de San Ignacio. Un sonido estresante, que se repite hasta sesenta veces al día para dar las horas, los cuartos, o llamar a la liturgia. ¿Y cómo no va a llamar la atención el adjetivo infernal para referirse a un repique, a un tañido metálico que debería llamar a la oración? A lo divino y no a lo demoniaco.
Las campanas de la iglesia diocesana de San Ignacio están mudas desde el pasado 1 de agosto por decisión del Obispado, que acata así —explica en un comunicado— el auto del juzgado de Astorga que le obliga a ejecutar provisionalmente la sentencia favorable al vecino de Ponferrada, estresado por el ruido, a la espera de que la Audiencia Provincial resuelva su apelación.
A alguien le parecerá que todo esto es algo banal, en un mundo donde el Gobierno de Benjamín Netanyahu mata de hambre a los palestinos de Gaza, con una hambruna menos publicitada, pero igual de escalofriante, en la guerra que asola a Sudán, con otra guerra que no para en Ucrania, y el vasallaje económico que Trump quiere imponer a la Unión Europea; un asunto banal, sí, el del sonido de las campanas de San Ignacio, en medio de las olas de calor, de incendios desproporcionados; en un verano de corrupción —la del PP con Montoro, la del PSOE con Cerdán— y brotes de racismo y xenofobia que animan a cazar inmigrantes, al amparo del discurso irresponsable de Vox.
Pero las campanas mudas de una iglesia —ahora que se recupera el toque manual y se reconoce que su sonido es un lenguaje universal, o como bien dice la abogada del denunciante de Ponferrada, «un deleite» que «forma parte del paisaje sonoro» si se mantiene dentro de unos límites razonables— son un síntoma de que algo no va bien. De que algo se ha salido de su cauce. A ver si es verdad que entre todos logramos amortiguar el ruido en el que vivimos, convertimos el estruendo diario en un sonido más agradable y solo ponemos el grito en el cielo cuando sea necesario; para callar las armas, por ejemplo.